Morticia

Diem

¿Qué pasaría si te encuentras con tu pesadilla del instituto? ¿Y si te quedases encerrado en un ascensor? A Karen le aterroriza Chris. A Chris le aterrorizan los ascensores.


KAREN

Lo único que quería era salir de allí, llegar a casa y darme un baño caliente. Hacía tiempo que no lo pasaba tan mal en una entrevista. Y eso que la había preparado a conciencia. Sabía qué tenía que decir y cómo, ¡si hasta me había puesto falda y tacones! Odio los tacones. Cuando ando con ellos me siento como uno de esos elefantes de dibujos animados encima de una pelota muy pequeña que les obliga a ir de un lado a otro para no caerse. Incluso me habían puesto en más de una situación embarazosa que prefiero no recordar. Pero hoy era un día especial y tenía que parecer sofisticada, elegante y profesional. Así que me aventuré a llevarlos. Además, tan sólo tenía que dar cinco pasos desde la puerta al asiento del despacho donde me iban a entrevistar, y cinco pasos soy capaz de darlos con elegancia.

Hoy no podía culpar a los tacones. El problema fue que no me preguntaron nada de lo que llevaba preparado. ¿A quién se le ocurre preguntar en una entrevista de trabajo qué me llevaría a una isla desierta? Con el estrés contesté lo primero que me pasó por la cabeza: mi portátil. ¿Para qué narices voy a querer mi portátil en una isla desierta? Para nada, absolutamente para nada. Pero esa no fue la única pregunta en la que metí la pata. Sacudí la cabeza intentando borrar el recuerdo. “Por lo menos ya ha terminado y me puedo ir a casa” pensé con un suspiro mientras observaba los números del ascensor ascender.

—Hola tío. —Al oír la voz grave junto a mí, giré la cabeza. Un chico de mi edad hablaba por teléfono mientras esperaba el ascensor—. Mal. Ha sido una de esas entrevistas donde te hacen preguntas raras para pillar. Ha sido una mierda.

Se me escapó una pequeña risa al escucharlo. Por lo menos no era la única con esa opinión sobre la entrevista. Le volví a mirar de refilón. Me observaba con una sonrisa, sin duda había notado que estaba prestando atención a su conversación. Probablemente me habría puesto roja por el hecho de ser pillada, pero en ese momento me quedé de piedra, esa sonrisa la conocía… había tenido pesadillas con ella. Agaché la cabeza con disimulo dejando que mis rizos me cubrieran el rostro. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No podía ser él. No podía ser Chris, mi pesadilla del instituto. El único ser de este mundo al que he odiado tanto como para desearle una vida miserable y, si eso no era posible, por lo menos que se volviese gordo y calvo.

Cuando dejé de sentir su mirada sobre mí, cogí el valor suficiente para espiarle a través de mi cortina de pelo. Volvía a estar concentrado en la conversación y reía. Llevaba un traje gris oscuro con una camisa blanca. La mano libre estaba metida en el bolsillo del pantalón de donde colgaba la chaqueta. No parecía miserable, ni se le había caído el pelo, que va, seguía manteniendo esa espesa mata de pelo rubia. Bajé mis ojos hasta su estómago con la esperanza de encontrar alguna curvatura que mostrase una incipiente barriga. Lisa. Bajo la camisa blanca no parecía que hubiese nada de tripa. Maldije para mis adentros. Ninguno de mis deseos se había cumplido.

Seguía maldiciendo cuando sonó el timbre de llegada del ascensor devolviéndome a la realidad. Tenía que meterme en ese minúsculo espacio con la persona que más odiaba. Apenas cuatro metros cuadrados. Respirando el mismo aire. Por un instante se me pasó por la cabeza la idea de bajar andando las doce plantas. Pero por otro lado no podía dejar que me volviese a intimidar como antes, habían pasado… ¿Cuánto?, ¿cuatro?, ¿cinco años? Ya no era la niña asustadiza de antes. Había terminado una carrera y era semiindependiente, me pagaba las facturas del teléfono. Pero todas mis dudas se disiparon cuando se movió a un lado con un gesto galán ofreciéndome el paso. ¿Qué iba hacer?, ¿irme corriendo? Eso hubiese sido muy triste. Así que con la cabeza gacha crucé la puerta mientras él me seguía. Me situé lo más lejos posible y contemplé impotente cómo se cerraban las puertas. Sólo serían doce plantas, sólo doce plantas y después mi casa y mi baño caliente.

CHRIS

Me hubiese gustado seguir hablando con Mark, pero perdí la cobertura cuando se cerraron las puertas. Lo guardé en el bolsillo mientras observaba los números de la pantalla. Odio los ascensores. Creo que es lo que más odio, bueno… y los aviones. La verdad es que me da pánico todo lo que suponga estar en un espacio reducido y a una altura del suelo tan grande que puedas acabar como un huevo frito. Como norma los evito utilizando las escaleras. Pero es un edificio moderno en el que sólo se usan las escaleras para emergencias. En parte me alegraba de que me hubiera salido mal la entrevista porque no me veía capaz de coger el ascensor todos los días para ir a trabajar.

Metí las manos en los bolsillos del pantalón para apretar los puños sin que el resto de los pasajeros lo viese. Aquel maldito cacharro parecía una tortuga. En el undécimo piso entraron dos mujeres charlando para bajar una única planta, en la cual subió un hombre que bajaría dos plantas después. No sin que antes se parase en el piso noveno donde entraron otras dos chicas que bajaron con el hombre en el piso octavo. ¡¡Sólo habíamos bajado cuatro plantas!! A ese paso me iba a dar un ataque al corazón antes de llegar al recibidor.

En el octavo no subió nadie y pasamos al séptimo sin parar. Solté un suspiro de alivio al pensar que por fin bajaría rápido. Pero duró poco, porque de repente la luz se fue de golpe y el ascenso se paró. Un segundo después el pequeño habitáculo estaba iluminado por la bombilla naranja de emergencia.

—No, no, no. —Escuché detrás de mí. Pero no me di la vuelta, estaba concentrado en descifrar la imagen que aparecía en la pantalla.

—¡Error 154! ¿Qué mierda significa eso? —pregunté con el corazón a punto de salir de mi garganta.

—Según pone aquí: fallo en el suministro eléctrico. Lo que viene a ser, un corte de luz.

Me aproximé a la chica que estaba leyendo las instrucciones y me puse detrás de ella. Olía bien, era un olor dulce, como a fresa.

—¿Qué hay que hacer? —pregunté mientras acercaba mi rostro a las instrucciones que se leían bastante mal con la escasa luz de emergencia. Me dio la sensación de que la chica daba un pequeño brinco. ¿Se había puesto en tensión al notarme a su lado? Me habría parecido gracioso en otra situación, pero en ese momento me daba absolutamente lo mismo la chica. Tenía que buscar la forma de salir de allí como fuese—. Aquí pone que hay que pulsar la campana o llamar a este número.

Pulse repetidas veces la campana. Se oyó por todo el túnel del ascensor.

—No cogen el teléfono —dijo la chica detrás de mí.

—¡Y una mierda! No me puedo quedar aquí —murmuré mientras marcaba el número—. Cogedlo, cogedlo.

¿Cómo era posible que me estuviese pasando eso? Siempre evitaba los ascensores y por una vez que lo cogía, se rompía. Me limpié el sudor de las manos en el pantalón y volví a marcar. Pude notar el balanceo del ascensor al desplazarme de un lado a otro para combatir los nervios. Paré de golpe, era mejor estar quieto.

—Creo que lo mejor es que nos lo tomemos con calma hasta que vengan a rescatarnos —dijo la chica sentada en el suelo mientras sacaba un libro electrónico.

¡¡Tomárnoslo con calma!! ¿Estaría de coña? Estábamos a unos veinte metros de altura colgados por un hilo de metal. Si se rompía o se descolgaba la cabina seríamos una tortilla humana contra el suelo, y eso, hacía que no me lo tomase con calma. ¿Cómo podía estar tan tranquila? Se quitó los zapatos y estiró las piernas para ponerse más cómoda sin apartar la vista del libro.

La quinta vez que llamé sin éxito dejé de intentarlo. Tenía razón la chica, lo mejor era tomárselo con calma y esperar. Pero mi corazón y cabeza no lo tenían tan claro. Me apoyé contra una de las paredes y dejé que mi cuerpo resbalara hasta el suelo. Inspiré varias veces intentando convencerme de que estaba en suelo firme. Que debajo de esa plataforma, de unos diez centímetros, no había una caída en la que me rompería todos los huesos. ¡¡Oh mierda!! Eso no estaba ayudando nada. Tenía que pensar en otra cosa. Mis ojos se abrieron y enfocaron lo que estaba enfrente, la chica. Tenía el rostro medio tapado por el pelo e inclinado en su libro. Estaba ajena a todo lo que la rodeaba, concentrada por completo en lo que leía. “Eso tengo que hacer yo, distraerme” pensé. Saqué el teléfono. Estaba sin cobertura, pero podía jugar a alguno de los juegos que tenía descargados. Un cinco por ciento de batería. Con cargar el juego se apagaría el móvil. Sentí como una gota de sudor recorría mi frente hasta la mejilla. Necesitaba distraerme, no pensar en el balanceo, ni en la distancia al suelo. Volví a mirar al frente. “Tengo que hablar con ella” pensé con determinación. Hablar de cosas banales, por ejemplo, del tiempo. Un tema socorrido que todo el mundo usa para entablar conversación.

KAREN

Era una pesadilla. Sí, recuerdo que una vez a los diecisiete años me desperté sobresaltada porque había tenido una pesadilla en la que me quedaba encerrada con Chris en clase y tenía que aguantarle durante horas. Esto tenía que ser una pesadilla similar. Probablemente esté ahora mismo en mi cama y en cualquier momento me voy a despertar. “Todo es debido al estrés de la entrevista,” pensé “pero sólo es una pesadilla”. Cerré los ojos obligándome a despertar. Cuando los abrí seguía en ese ascensor. La única diferencia es que Chris había dejado de dar vueltas de un lado a otro para sentarse. Parecía bastante nervioso. Volví a leer el mismo párrafo que llevaba leyendo los últimos cinco minutos. Si continuábamos así lo podría superar, es decir, yo leyendo y él haciendo… no sé, cualquier cosa mientras me ignorase.

—Hoy no creo que llueva, ¿no crees?

Parpadeé un par de veces sin saber si lo que acababa de oír era producto de mi imaginación o real. ¿Me estaba hablando del tiempo? “Estamos encerrados en un ascensor, ¿y me está hablando del tiempo?” pensé. Le observé a través de mi pelo para ver si había oído bien. Me miraba esperando una respuesta. Parecía algo desquiciado, se había despeinado al pasarse una mano por el pelo y se había aflojado la corbata.

—Supongo que no —murmuré sin mucho entusiasmo.

—Esta mañana había algunas nubes, pero no creo vaya a llover —dijo con un tono un tanto histérico. “A lo mejor me ha reconocido y me está tomando el pelo” pensé angustiada. Nunca pensé que Chris fuera un portento pero tampoco era idiota, cruel sí, pero no idiota. ¿Por qué me preguntaba si iba a llover en pleno agosto? Era posible que no lloviese hasta septiembre—. El hombre del tiempo no ha anunciado lluvias. ¿Sueles ver el tiempo?

Era una broma ¿no? Alguien me estaba tomando el pelo. Miré a mi alrededor evitando que se me viese mucho la cara. Quizá de mi mejor amiga Jessy. Le encantaban esos programas estúpidos. Además conocía mi historia con Chris.

CHRIS

“Genial, piensa que estoy loco” pensé. Aunque tampoco es que ella fuera de lo más normal, daba bastante miedo mirándome a través del pelo iluminada por la luz de emergencia.

—A veces —volvió a murmurar. Además era una horrible conversadora. Tenía que sacarle las palabras con sacacorchos. Pero era mejor eso a dejar que mi mente vagase y empezase a crear imágenes de nuestra posibles muertes por aplastamiento o por falta de aire. ¿Nos podríamos quedar sin aire aquí? Volví a pasar la mano por el pelo nervioso. Está bien, el tema del tiempo no funcionaba. ¿De qué otras cosas banales hablaba la gente? Lo mejor sería empezar de cero.

—Espero que no tarden mucho en sacarnos de aquí, pero mientras esperamos me gustaría saber con quien estoy —dije con intención de crear un ambiente un poco más cómodo mientras me echaba hacia delante para darle la mano—. Soy Chris.

La chica se arrinconó en la esquina asustada como si hubiese visto un fantasma. “Estupendo, voy a estar con una rarita que le dan miedo los tíos” pensé. Al echarse hacia atrás, el pelo se apartó mostrando por primera vez su rostro. Una pena que fuera rara porque era mona. Ojos grandes oscuros marcados por unas pestañas espesas, nariz recta, labios carnosa y ese pelo negro rizado que le enmarcaba la cara. El caso es que la chica me sonaba. Tenía algo familiar. No sabía por qué me recordaba al instituto, pero prefería olvidarlo. Pasaba una mala época y era un idiota. Fueron los años antes de que mis padres se divorciaran y en casa sólo se escuchaban gritos. Pasé la mayor parte del tiempo evitando poner un pie en casa y eso me llevó a no estar siempre con las mejores compañías.

Seguía con la mano extendida esperando que ella la estrechase, pero parecía que no tenía intención de hacerlo. Sus ojos pasaron del miedo al odio en un instante. Esa chica me conocía y yo la conocía, esa mirada de odio me sacaba de dudas. Estuve viéndola durante todo el último curso del instituto. Era Morticia.

KAREN

No me había reconocido. Eso me puso furiosa. Todavía no tenía claro por qué, pero me molestó. Quizás porque no había tenido ningún problema para olvidarme mientras yo no le había olvidado. Claro que yo había cambiado y estaba distinta. Ya no vestía toda de negro, aunque seguía siendo mi color favorito. Y me había quitado el pendiente del labio porque se quedaban mirándolo fijamente en las entrevistas de trabajo. Pero él también había cambiado mucho, ya no tenía el pelo largo como antes y su rostro había perdido la redondez de la adolescencia para ser más anguloso. Y aun así le reconocí sin problemas. Eso me cabreaba. Aunque era muy probable que el enfado estuviese más dirigido a mí que a él por permitir que me hubiese dejado una huella tan profunda.

Noté el momento exacto en el que me reconoció. Sus ojos y su boca se abrieron ligeramente por la sorpresa.

—¡Hey! —dijo intentando entonar una alegría que no existía—, te conozco. Estudiamos juntos en el instituto.

Estreché los ojos mirándole con precaución. ¿Qué pretendía que dijera? “¡¡Hey Chris!! ¡Qué alegría verte! ¿Te acuerdas de esa vez que pensaste que sería divertido meter una mierda de perro en mi mochila? Jajaja. Tuve que tirar la mochila a la basura y no pude quitar el olor a mierda de los libros. Lo más gracioso de todo fue que durante medio curso me estuvieron llamando Morticia Mierdaddams. Gracias, fue divertidísimo. ¡O espera! Mejor fue aquella vez que las imbéciles de tus amigas me cogieron mi ropa interior mientras me duchaba para que la colgarais en la pizarra de clase.” Respiré varias veces para calmarme. Ya era una mujer adulta, eso fue hace mucho tiempo. Le iba hablar con respeto y normal. Afirmé con la cabeza sin apartar la vista de él por lo que pudiera hacer.

—Sí, el último año fuimos a la misma clase. ¿Te acuerdas de mí? —me preguntó—. Chris Sullivan.

—Sí —dije apretando los dientes.

CHRIS

“¿Kathy? ¿Kirsty? era algo con k” ¡Aaah! ¡Mierda! No me acordaba de su nombre. Era Morticia, nunca la llamé por su nombre. “Joder, joder, joder”. Y ella sí que recordaba el mío. Y por cómo me miraba debía de acordarse de todas las putadas que le hice. Aunque en el fondo no siempre fui el autor de ellas, lo cierto es que sí se me adjudicaron de todas sin excepción. Y en el fondo las merecía, porque fui el causante de que la chica fuera el foco de las burlas del instituto. Pero ya he dicho que era estúpido en el instituto.

Se me estaban acabando las preguntas tontas, así que lo mejor era lanzarse y esperar tener suerte.

—Te llamabas Kate ¿verdad? —Sus ojos me fulminaron. No se llamaba Kate.

—Karen –dijo en tono seco.

—Eso Karen —dije con nerviosismo. No tenía ni idea de cómo iba afrontar la situación. Si no recordaba mal, Morticia… digo Karen, daba bastante miedo. Siempre vestida de negro, con los ojos perfilados con sombra negra y la cara muy pálida. A todo eso había que añadir un carácter fuerte. Todavía recordaba cuando me vertió un refresco encima al descubrir el mote que le había puesto. Aunque en ese preciso momento encogida contra la esquina no imponía mucho. Pero había cambiado. “A lo mejor ya no es la psicópata que le gustaba disecar perros” pensé para infundirme ánimo. Antes de entrar en el ascensor no pude evitar hacerla un repaso, tengo que reconocer que siento debilidad por los tacones, así que igual que había cambiado su estilo vistiendo podía haber cambiado ella… en general. La volví a observar, seguía mirándome con desconfianza, pero ya se había enderezado y no se la veía tan asustada. Repasé mis opciones, podía ignorarla y dejar que me diera un ataque al corazón en silencio o entablar conversación con ella a ver que me deparaba. No tardé mucho en decidir, prefería hablar con la siniestra de Morticia antes que morir joven.

KAREN

Tenía que controlar la situación. Me pilló desprevenida su acercamiento. Sabía quién era, ¿y qué? Ya no era la mocosa de diecisiete años que le impone el chico guapo del instituto con sus bromas pesadas. Ahora era una persona adulta. Y, con un poco de suerte, al saber quién era perdía el interés por entablar una conversación.

—Bueno… ¿Y cómo te va todo?

“O tal vez no” pensé. ¿Por qué narices quería hablar conmigo? Le caía mal en el instituto. Medité un segundo el hecho de no contestarle, pero eso suponía que se diese cuenta de lo mucho que me habían afectado sus tonterías del instituto. Ya había hecho bastante el ridículo al asustarme cuando se presentó. Lo mejor era entablar una conversación como personas adultas que llevan mucho tiempo sin verse. Eso sí, ni en broma pensaba decirle que era una desempleada que seguía viviendo en casa de sus padres. Bastante con que conociese que mi adolescencia había sido un horror como para que se enterase de mi patética vida actual.

—Genial —dije con una sonrisa mientras pensaba una forma de decorar mi vida. Era horrible mintiendo, pero siempre se podían ver las cosas desde otro punto de vista—. Me saqué la carrera de Administración y Dirección de Empresas y ahora trabajo de forma independiente como freelance. —Al fin y al cabo, llevar las facturas de casa era un trabajo, ¿no?

—¡Guau! Eso suena genial —dijo con una sonrisa algo más relajado. Si no fuera porque venía de Chris hasta hubiese pensado que era sincero—. Yo comencé a estudiar Económicas, pero tuve que dejarlo —comentó con algo de nostalgia—. Así que al final hice un módulo de formación profesional.

—Esos módulos están muy bien —dije de repente.

¿Por qué había dicho eso? No tenía ni idea de si los módulos estaban bien o no, sólo lo había dicho para que no se sintiera mal. ¡¡Y me tenía que dar igual que se sintiera mal!! Me sonrió al entender mi comentario. No, no, no. No quería esa sonrisa, no quería ser maja con él y no quería que se sintiera bien. Tenía que ser un gordo, calvo y miserable. Supongo que el hecho de que las cosas no le salieran tan bien como esperaba, me hacía sentir un poco mejor y eso ablandaba mi corazón.

—Pensaba que habías venido por la entrevista.

—¿Qué? —pregunté desconcertada por su comentario.

—La entrevista de trabajo para administrador de la planta doceava. No sé, me dio la impresión de que venías de allí.

Me había olvidado por completo de la entrevista.

—Eh… sí, bueno… ya sabes… nunca viene mal un trabajo extra —Me estaba poniendo colorada, sólo esperaba que con la poca luz que había no se viese. Se rió al escuchar mi penosa excusa.

—Vamos, que el trabajo de freelance no va tan bien —dijo entre risas.

¿Cómo podía haberme compadecido de ese capullo? Seguía siendo el mismo idiota.

—Me va perfectamente —dije desafiante. Respondió con esa sonrisa suya de lado que había visto tanta veces en mi adolescencia, sin dejar de observarme. Esa forma de mirarme… era la misma que en el instituto. Hubo un tiempo en que Chris me parecía el chico más guapo de secundaria. Tenía ese toque rebelde con el pelo rubio más largo que el resto y esos ojos azules oscuros que desafiaban a todo el mundo. Todavía seguía manteniendo ese aire. Pero todo eso cambio el día que nos cruzamos cuando iba de camino a casa de mi abuela. Ahí comenzó mi tortura. E igual que otro chico se hubiese asustado con la situación y nunca más me hubiese mirado ni dirigido la palabra, a Chris le pareció gracioso. Tan gracioso que hasta me puso un mote.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo instalando de nuevo el miedo que sentía por Chris. No podía volver a las burlas, a los desafíos y a estar todo el día en alerta mirándome la espalda. Él era un ser retorcido al que le divertían esas cosas, a mí no. Tenía que controlarme y evitar que viese mi punto débil.

—¿Y por qué dejaste la carrera? —pregunté intentando tener una conversación normal.

—Tuve que ayudar a mi padre en la tienda —contestó de forma despreocupada mientras apoyaba los brazos en sus rodillas—. He estado trabajando en ella hasta hace unos meses que quebró y la tuvimos que cerrar.

—Por eso te has presentado a la entrevista —concluí mientras él afirmaba con la cabeza—. Siento lo del negocio de tu padre.

—No lo sientas. Siempre he aborrecido esa tienda —dijo con total naturalidad.

¿Cómo lo hacía? ¿Cómo podía hablarme de algo tan personal con tanta facilidad? Con esa seguridad. Le daba lo mismo lo que opinase. Le había ido igual de mal que a mí, pero él no sentía la necesidad de demostrar nada. ¿Por qué yo sí sentía la necesidad de hacerlo frente a él? En seguida lo supe. Porque a diferencia de él, yo fui el hazmerreír de todo el instituto. Le podría haber ido mal después pero durante ese año de instituto fue el rey. Y todo gracias a sus bromas pesadas. Sentí el sabor amargo del rencor en el paladar.

CHRIS

Las cosas marchaban bien. Karen era una chica agradable. Y cuando la vi ruborizarse al ser descubierta por la mentira no pude evitar reírme ¿Morticia ruborizándose? ¡Venga ya! Si hasta estuvo encantadora. Y luego cuando alzó la cabeza con esa mirada desafiante me invadieron un montón de recuerdos. Karen nunca me atrajo, su estilo en el instituto era horrible. Pero siempre la admiré por su forma de enfrentarse a mí. Era la única que no corría detrás de mí a admirarme o reír mis bromas. Todo lo contrario, no tenía ningún problema en demostrar su desprecio. Y ese rechazo era lo que fomentaba mi comportamiento. Cada vez que la molestaba había algún tipo de reacción, bien un insulto, un gesto obsceno con la mano o alguna pequeña venganza, siempre acompañada de esa mirada intensa llena de odio. Era desafiante y no se achicaba con nada. Por eso me sorprendió verla asustada en el rincón.

Aunque todo aquello era agua pasada. Se la veía bien. Y la impresión del principio de que guardaba algún rencor hacia mí se había esfumado. Estábamos charlando como personas normales. Lo mejor de todo era que con nuestra charla me había olvidado de dónde estaba.

—¿Qué tal te ha ido en la entrevista? —la pregunté animado. Estaba con la cabeza inclinada buscando algo dentro del bolso.

—Bien —contestó sin alzar la cabeza.

—A mí me ha salido fatal. No sabía qué contestar a casi ninguna de las preguntas. ¿Qué se supone que tienen que descubrir con esas preguntas? —Seguía rebuscando en el bolso sin prestarme atención. Fruncí el ceño preocupado. Por fin sacó unos auriculares. Una sensación de temor me invadió—. ¿Qué haces?

—Voy a escuchar un poco de música —contestó sin mirarme.

—¡No! —dije algo más brusco de lo que quería. En seguida alzó la cabeza con sorpresa y algo más que no pude descifrar—. Quiero decir… ¿Por qué no seguimos charlando un rato?

El odio de sus ojos había vuelto. Me había equivocado, me seguía teniendo rencor.

—Porque no me apetece —dijo en tono seco. “Joder, con lo bien que iba todo” pensé.

—Vale, pues escucharemos música juntos —dije con la intención de incorporarme para sentarme a su lado, pero mi gesto se quedó a medio camino cuando oí su negación.

—¡No! —dijo horrorizada. Me volví a sentar en mi sitio en parte aliviado, con ese mínimo gesto había notado el vaivén del ascensor.

—¿Por qué no?

—Porque… porque… —tartamudeó algo alterada—, porque es mi música.

—Así que no quieres compartir tu música –dije con tono burlón. Era lo más infantil que escuchaba desde hacía tiempo. ¿Se estaba volviendo a poner roja? Intenté reprimir la risa, pero no pude evitar la sonrisa que se me dibujó en el rostro. A ella no le hizo ninguna gracia, me fulminó con la mirada en el acto.

—Exacto, es mi música y no quiero compartirla con el gilipollas que me martirizó en el instituto —contestó con ese desafío. “Touché” pensé. Lo tenía merecido y en otra situación la habría dejado en paz. Aunque no lo pareciese había madurado y ese tipo de cosas ya no me divertían, pero éste era un caso especial.

—Está bien, pues no compartas la música. Hablemos en lugar de eso. ¿Me sigues odiando todavía por lo que paso hace cinco años?

—Ya te he dicho que no me apetece hablar. —Estaba nerviosa y hablaba rápido—. ¿Por qué no te distraes con tu móvil y me dejas en paz?

—Está sin batería y me aburro.

—Pues cuenta ovejas o medita, pero no me molestes.

En seguida se me dibujó una sonrisa malvada en el rostro. Conseguiría que hablase conmigo aunque tuviese que jugar sucio. Eso no me suponía un problema. Podía ser un coñazo de persona si me lo proponía, o eso decía mi hermana. Pero mi sonrisa se heló al ver su rostro ¿Eso qué había en sus ojos era miedo? “No” pensé. Era absurdo que me tuviese miedo, ¿verdad? ¿Qué mierda era esa?

KAREN

La pesadilla se estaba volviendo realidad. Al ver esa sonrisa el miedo penetró en cada poro de mi cuerpo dejándome paralizada. ¿Qué se le había ocurrido hacerme? Aquí no había muchas cosas que hacer para humillarme. Algo horrible se me paso por la cabeza. Cogí con fuerza el bolso. Si me pensaba atacar no dudaría en luchar. Podía gritar muy fuerte si me lo proponía y estaba en forma.
Su sonrisa se esfumó para pasar a un gesto de enfado.

—¿Qué coño haces? ¿Te crees que te voy a atacar o algo así? ¿Qué tipo de persona crees que soy? —preguntó con el rostro enrojecido por el enfado.

—¿Un gilipollas que me torturaba en el instituto? —pregunté subiendo la cabeza.

—Eran bromas tontas de adolescentes. Jamas te pondría un dedo encima.

Sentí cómo la rabia me inundaba.

—Bromas tontas, bromas tontas… ¡Y una mierda! –grité mientras me ponía de pie— ¡Eras Satán en persona! —Empecé a caminar de un lado a otro del diminuto compartimento intentando controlar el ardor que sentía en mis ojos—. Convertiste ese año en el peor año de mi vida. Tus bromas tontas… ¡eran crueles! ¡Me pusiste una mierda de perro en la mochila! ¿A quién se le ocurre algo así?

Paré de golpe y le miré de forma acusadora. Estaba pálido y con la boca un poco abierta de la impresión.

—De acuerdo —dijo alzando las manos como si estuviera calmando a un perro asustado—. Fui un gilipollas, un estúpido y un imbécil. Siento un montón todo lo que hice, pero siéntate y lo hablamos.

—No me da la gana sentarme y tampoco pienso hablar contigo de ello. Lo único que quiero es que desaparezcas de mi vida de una vez.

—Y eso pasará en seguida. En cuanto nos saquen de aquí, pero mientras tanto lo mejor es tranquilizarnos y que hablemos.

¿Qué narices le pasaba? ¿Es que era tonto? ¡No quería hablar con él! Quería escuchar mi música e ignorarle. Me quedé de pie mirándole, estaba pálido y tenía cierto aire desquiciado. Era probable que yo también tuviese ese aire de loca, pero la diferencia es que yo estaba con él. Él sólo tenía que esperar, era aburrido, pero nada más. Me apoyé en la pared algo frustrada. No lo hice con mucha delicadeza, así que el ascensor se balanceó un poco. Y entonces lo vi. Chris se puso en tensión en el acto y apretó la mandíbula. Me fijé mejor y pude comprobar que unas pequeñas gotas de sudor cubrían su frente y que respiraba de forma agitada.

—Siéntate y hablemos —dijo en un murmullo sin dejar de apretar los dientes.

—Te dan pánico los ascensores —dije mientras se me escapaba una carcajada de triunfo.

CHRIS

—No —dije en el acto, pero no pude disimular el horror que sentí al ser descubierto por Karen.

—Claro que sí. Por eso has estado tan pesado con lo de hablar, para distraerte —me acusó con una sonrisa siniestra en el rostro.

—Que va —dije negando con la cabeza, aunque mi corazón se desbocó. Al miedo que me daba estar ahí se le unió el hecho de estar con una loca que me odiaba desde el instituto—. Te estás confundiendo —Karen me observó y se movió ligeramente de un lado a otro. Mi corazón se volvió acelerar de forma brusca—. Está bien. Para, para… –admití angustiado—. No me gustan mucho los ascensores.

Su carcajada se escuchó en el ascensor y sentí cómo una gota de sudor me recorría la espalda.

—El maravilloso Chris tiene miedo a los ascensores.

—En realidad, no es a los ascensores —dije apretando los dientes—. Es todo aquello que esté suspendido en el aire.

Se volvió a reír, pero está vez de una forma más suave.

—Entonces también te da miedo volar. ¿Qué puedo hacer con toda está información? —dijo mientras se rascaba la barbilla de forma dramática.

—Podrías sentarte —propuse sin mucha esperanza.

—No, eso no es divertido —dijo con un brillo en los ojos que me puso nervioso—. ¿Te acuerdas cuando me pegaste el chicle en el pelo?

—Mierda –maldije por lo bajo—. Te recuerdo que tú antes me escupiste en los apuntes.

—No sabes si fui yo.

—¡Claro que fuiste tú! Te vio Peter.

—Vale, pero eso fue porque me dejaste una carta obscena sobre un perro disecado —se quejó. Se me escapó una pequeña risa al recordar la carta. Me amenazó con la mirada y en el acto se me borró la sonrisa.

—Lo siento. Siento haberte mandado esa carta y haberte pegado el chicle en el pelo —dije con tono desesperado.

—Me tuve que corta el pelo —dijo entrecerrando los ojos—. Tengo el pelo rizado, parecía una muñeca repollo.

Me mordí el interior de la mejilla intentando no reírme al recordar cuando llegó al día siguiente con la melena cortada por encima de los hombros. Había intentado controlarla con horquillas, pero sus rizos se escapaban por todos los lados. Lo leyó en mis ojos y pude notar cómo la rabia refulgía en los suyos. En cuanto vi que se inclinaba ligeramente para saltar, me incorporé y la frené poniendo las manos en sus hombros.

En el acto ella se apartó asustada. Algo se removió en mi interior que no tenía nada que ver con el balanceo del ascensor. El terror en sus ojos se me clavó como una cuchilla en las entrañas. Yo había creado eso, ese miedo. Nunca imaginé que podía haber hecho tanto daño. Por aquel entonces sólo quería olvidar toda la mierda que tenía en casa y hacer el tonto en el instituto permitía evadirme. Me daba igual las consecuencias, no pensaba mucho en ello. Nunca me fijé en Karen, era la chica siniestra del instituto callada que sólo se juntaba con Jessy. Por eso el día que la encontré en mitad de la calle con un perro disecado entre las manos no la reconocí. La verdad es que tenía una imagen terrorífica con el animalejo ese que daba escalofríos entre los brazos y los mechones negro tapándole la cara. Me quedé de piedra cuando nos cruzamos. Ella dio un par de excusas y se fue corriendo. Yo me dirigía camino a casa de Peter. En cuando llegué a su casa me entró un ataque de risa al recordar la situación. Cuando me preguntó Peter le dije que me había encontrado con Morticia. La llamé así porque no recordaba su nombre, pero le hizo gracia. Y así fue cómo surgió Morticia. Al día siguiente todo el mundo comenzó a llamar así. Cuando ella se enteró me tiró un refresco en la cabeza. Luego yo, a modo de venganza, le escribí una carta sobre su perro. Y de está forma se fueron juntando una cosa tras otra. Para mí Karen era una distracción divertida, sus venganzas eran creativas. Más tarde me fui enterando que a mis bromas se le unieron otras en las que yo no tuve nada que ver. Pero en ningún momento imaginé que le afectaran tanto. Que pudiera tenerme tanto miedo como para pensar que le podía hacer algo más allá de una broma. Me sentí como una mierda.

—Lo siento —susurré sin apartar los ojos de ella—. Lo siento mucho. Yo no quería…

—No necesito que te compadezcas de mí —dijo con rabia—. No me impones tanto como te crees. —Apartó la vista pero me dio la impresión de que le brillaban los ojos—. Ahora déjame tranquila hasta que nos vengan a buscar.

Se sentó en un rincón y se puso los auriculares. Me volví a sentar en mi sitio y cerré los ojos. No iba a incordiarla más. Era su venganza y me parecía justo. No tenía derecho a pedirla nada. Tendría que saber llevar eso sin distracciones. Mi cabeza estuvo cavilando entre las cosas que le había hecho a Karen y en cómo sería morir en un sitio tan pequeño.

KAREN

No estaba disfrutando de la música ni de la tranquilidad. En lugar de eso me sentía fatal. Abrí los ojos y observé a Chris. Estaba con los ojos cerrados. Parecía dormido si no te fijabas en su respiración acelerada y en cómo cerraba los puños. Luchaba contra su miedo. No le debía nada. Era un idiota. Daba igual que se hubiese disculpado o que hubiese visto remordimiento en sus ojos. Eso no justificaba todo lo que pasé ese año. Tenía merecido pasarlo mal. “¡Agh! pero yo no soy así” pensé. Volví a mirarle y me fijé en cómo apretaba los labios.

—Joder —murmuré levantándome para acercarme a él. A esas alturas ya tenía los ojos abiertos y me miraba con precaución.

—¿Qué haces? —preguntó sin dejar de observarme cuando me senté a su lado.

—Ser una idiota. Toma —dije dándole uno de los auriculares—. Es The Cure, no sé si te gustará.

Se le dibujó una sonrisa y cogió el auricular con la mano algo temblorosa.

—Gracias —murmuró.

Pasado un rato y al notar que su respiración seguía igual de acelerada me animé hablar.

—Intenta pensar en otra cosa.

—¿Cómo en qué? —dijo girando la cabeza hacia mí.

—No sé —comenté algo incómoda por lo cerca que estaba—. Por ejemplo en lo qué vas hacer esta tarde. ¿Tienes algún plan para esta tarde?

—He quedado para cenar.

—Pues ya está. Piensa en la cita de esta noche, en la chica con la que vas a cenar.

—Pensar en mi hermana no me ayuda —dijo con una sonrisa en los labios.

—Ah. —Carraspeé avergonzada por haber dado por hecho que tenía una cita con una chica—. Pues piensa en tu siguiente paso para tu futuro laboral.

—Nunca puse mierda en tu mochila —dijo de repente. Aparté la vista y la centré en mis manos que estaban en mi regazo jugando con el móvil.

—Déjalo Chris. Da igual, es una historia pasada.

No quería hablar de eso. Antes estuve cerca de ponerme a llorar y no quería volver con el tema.

—No, no lo pienso dejar. Me porté como un cabrón. Sabía que gracias a mis tonterías el resto de la clase había empezado hacerte bromas y no lo paré. Lo ignoré. Lo siento, lo siento muchísimo. Pero quiero que sepas que no todas esas cosas las hice yo.

Le observé un rato intentando descubrir si mentía. Parecía sincero y arrepentido. No quería entrar en ese juego pero una parte de mí sentía cierta curiosidad.

—¿Colgaste mi ropa interior en la pizarra?

—No. Ese día ni siquiera fui a clase. Me enteré al día siguiente.

—¿Me enviaste un ratón muerto en un paquete?

—¿Te enviaron una ratón muerto?

—Sí, a casa.

—Joder, que asco. No sabía que las bromas habían llegado a pasar los límites de la escuela —dijo preocupado.

—Sólo fue esa vez —dije recordando mi venganza. Ese mismo ratón fue a parar al buzón de Chris. Nunca llegué a saber que pasó cuando abrieron el buzón, si fue Chris u otro miembro de la familia—. ¿Me metiste una cucaracha viva en el bolsillo de la chaqueta?

Al no oír ninguna respuesta levanté la vista. La culpabilidad se reflejaba en su cara.

—Pero… —dijo con calma—, tú fuiste diciendo por ahí que era tonto de remate.

Abrí la boca indignada.

—No tenía amigos, sólo se lo dije a Jessy.

—Sí, y Jessy estaba muy buena. Me gustaba mucho y desde entonces me trató como si fuera idiota. —Hice una mueca de asco.

—A Jessy le parecías idiota por las cosas que hacías. No porque yo le dijese nada.

Nos quedamos un rato en silencio.

—¿Por qué llevabas un perro disecado? —preguntó—. Te juro que cuando te vi allí plantada con un perro disecado y toda de negro, me faltó poco para hacérmelo encima. ¿Qué estabas haciendo? —Al ver mi cara de sorpresa, abrió los ojos y empezó hablar rápido—. Oye, que si te gustan las cosas raras tampoco es que me importe. Cada cual es libre…

—¡No seas idiota! —espeté dándole un pequeño puñetazo en el hombro mientras me reía—. Me gustaba vestir de negro y la música gótica pero no hacía ninguna de las cosas que se decían en el instituto. Ese día mi abuela me pidió que le hiciera un recado, tenía que recoger su perro que había llevado a embalsamar hacia unos días. —Me puso una cara rara—. Ya lo sé, a mí también me dio cosa, pero a ella le hacía mucha ilusión y no podía decir que no a nada que me pidiese mi abuela. Por esa época se le empezaba a ir la cabeza. —Me puse triste al recordarlo.

CHRIS

Estábamos charlando como personas normales. Karen empezó hablar de su abuela. Había muerto hacía un par de años después de varios años con demencia senil. Se notaba que la había querido mucho y la echaba de menos. Que me contase algo tan personal me animó y le conté el divorcio de mis padres. Cómo odié los años anteriores y cómo me afectaron. Le sorprendió mucho que una de las peores épocas de mi vida hubiese sido en el instituto, pensaba que para mí habían sido los mejores años de mi vida.

—¿Sigues siendo amigo de Peter y el resto del grupo? —preguntó cuando empezamos hablar de los compañeros de clase.

—No —contesté—, perdí el contacto con ellos cuando terminó el instituto.

—Eran unos gilipollas —dijo muy seria—. En serio, eran idiotas perdidos —Luego me observó unos segundos—. Y tú también.

Me reí por lo bajo antes de afirmar con la cabeza.

—Tienes razón. ¿Tú sigues en contacto con Jessy?

—Sí. —Se le iluminó el rostro con una sonrisa—. No pienso darte su teléfono. Sigue pensando que eres un idiota.

Me volví a reír y ella también lo hizo. Tenía una sonrisa bonita, ¿cómo era posible que no me hubiese dado cuenta antes? Quizás porque por aquel entonces no sonreía mucho o por su estilo tan tétrico.

—¿Por qué vestías toda de negro? —le pregunté. Era posible que si hubiese vestido de otra forma sus problemas en la escuela se habrían reducido considerablemente. Me miró confundida.

—Porque me gustaba —dijo sin más.

—¿Por qué te gustaba? —repetí algo escéptico por lo que estaba oyendo.

—Sí, siempre me ha gustado el estilo gótico y su música.

¿Vestía así por qué quería? ¿Eso era voluntario? No sé, ya que mató su vida social en el instituto imaginaba que era por un trauma o una forma de rebelión contra la sociedad. Pero porque le gustase, no. Eso no le podía gustar a nadie.

—Pues te quedaba fatal —dije en un ataque de sinceridad. Cuando vi su cara de sorpresa no pude evitar reírme—. Lo siento, pero es que no te sentaba nada bien.

—¡Serás idiota! —dijo, pero no había enfado en su tono en lugar de eso se le levantó el labio por un lado asomando una media sonrisa—. Tampoco es que tú llevases mejores pintas con los pantalones rotos y las camisetas raídas.

Al rato estábamos los dos riéndonos por nuestra forma de vestir. En un par de ocasiones Karen había apoyado la cabeza en mi hombro mientras reía. Ya no se ponía tensa a mi lado, estaba relajada, sonriendo y aunque le tomé el pelo en un par de ocasiones no volvió el temor a sus ojos.

KAREN

Lo estaba pasando bien. Chris era divertido. Hablamos de todo, de la época del instituto, de lo que hacíamos ahora y de lo que queríamos hacer en el futuro. Y en todo ese rato Chris no volvió a tener otro ataque de pánico.

—¿Cuánto llevamos aquí? —preguntó. Comprobé la hora en mi móvil.

—Dos horas. —¡Dios llevábamos dos horas allí encerrados! Ahora quien se empezaba a preocupar de que no viniesen a buscarnos era yo.

—¿Crees que saben que estamos aquí? —preguntó algo angustiado.

—¡Claro! —dije de forma desenfadada—. Este ascensor lo usan todo el tiempo. Tienen que haberse dado cuenta. —Cogí su mano que estaba apoyada en la rodilla y le di un ligero apretón—. No te preocupes. —Me dedicó una de sus sonrisas de lado.

—¿Crees que nos empezaremos a devorar el uno al otro si no nos sacan de aquí? Ya sabes, como en Viven.—Le miré apretando los labios para contener la risa. ¿Cómo me podía decir serio una tontería tan grande?

—Si no recuerdo mal, en Viven se comían a gente muerta. Pero aun así, yo me preocuparía más por dónde vamos a mear si no nos vienen a buscar pronto —dije terminando la frase entre risas.

—Mierda, no había pensado en eso. —Me miró preocupado—. Creo que me meo.

—No. Ni se te ocurra Chris —dije horrorizada desapareciendo cualquier atisbo de alegría en mi rostro. Lo que faltaba es que oliese a pis ese diminuto cubículo—. Te aguantas. No falta nada para que vengan a buscarnos.

Me incorporé y empecé a apretar el botón de la campana desesperada. Me negaba a estar ahí encerrada con todo oliendo a pis. Ya habíamos esperado más que suficiente. La risa de Chris me sacó de mis cavilaciones. Se sujetaba la tripa con las dos manos mientras reía a pierna suelta.

—Tranquila —dijo todavía entre risas—. Creo que puedo aguantar un poco más.

Fue terminar de decir eso cuando sentimos un tirón hacia arriba.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Chris angustiado mientras se ponía de pie. Pero a mí se me iluminó la cara de alegría.

—¡Nos están subiendo! —grité con júbilo mientras le daba un abrazo—. Vamos a salir de aquí —dije enganchada a su cuello.

—Entonces, ¿no nos vamos a tener que comer el uno al otro? —dijo en un susurro junto a mi oído. Me reí por lo bajo mientras me separaba para verle la cara.

—Ni voy a tener que aguantar tu pis —dije sin poder borrar esa sonrisa tonta. Él también sonreía sin dejar de observarme de una forma muy intensa. De repente me di cuenta que seguía con mis brazos alrededor de su cuello. Noté el calor en mis mejillas y me aparté de golpe.

—Bueno… —dije apurada—, será mejor que nos arreglemos un poco no vayan a pensar cosas raras. —Se le escapó una pequeña risa, pero no me atreví a mirarle.

Cuando los bomberos abrieron la puerta del ascensor, yo ya tenía puesto los zapatos y Chris se había arreglado la camisa y la corbata. Una vez fuera nos ofrecieron agua y nos preguntaron por nuestro estado. Al parecer había habido un problema eléctrico en todo el edificio. En el ascensor de al lado habían quedado encerradas cuatro personas.

Después de hablar con mis padres para que supiesen por qué no había estado localizada todo ese tiempo, me giré para despedirme de Chris.

—Bueno —le dije mirando el móvil que tenía entre las manos—. ¿Seguro que no quieres llamar a nadie?

—Seguro, pero gracias.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Tenía la sensación de que ya no éramos las mismas personas que habían estado encerradas durante dos horas en ese ascensor. Volvíamos a ser unos extraños.

—¿Sabes? —dijo rompiendo el silencio que se había formado—. Me alegro de haberme quedado encerrado contigo en ese ascensor.

Le miré sorprendida. Me observaba de esa forma tan característica suya. Un hormigueo me recorrió el estómago.

—Yo también —dije un poco aturdida por lo que acababa de sentir.

—¿Amigos a partir de ahora? —preguntó alzando la mano.

—Amigos —dije dándole la mano.

—Genial —dijo sonriéndome y con un movimiento rápido cogió el móvil de mano.

—¡Hey! ¿Qué haces? —pregunté cuando empezó a teclear algo.

—Éste es mi número. Me puedes llamar a cualquier hora del día y la noche —dijo con una sonrisa enorme en la cara devolviéndome el teléfono—. Soy un parado con mucho tiempo. —Cuando bajé la vista leí en mi lista de contactos: Chris el capullo. Se me escapó una carcajada al verlo.

—¿A dónde vas? —le pregunté cuando se giró para marcharse. Me miró por encima del hombro sin entenderme—. No vas a esperar al ascensor.

Puso cara de horror.

—Ya he estado dos horas encerrado en ese aparato del infierno. Me voy por las escaleras aunque suene la alarma de incendio por todo el edificio.

Me reí mientras veía cómo su figura desaparecía al doblar el pasillo. Yo también me alegraba de haberme quedado encerrada con él. No sabía lo mucho que me había afectado lo sucedido en el instituto hasta ahora y había sido una liberación poderme quitar ese malestar. Chris fue un idiota conmigo y jamas desaparecería ese año que había sido un infierno. Pero de alguna manera todo se había suavizado. El hecho de que Chris se hubiese disculpado y ver el arrepentimiento en sus ojos ayudó a cerrar esa herida. Pero sobre todo descubrí que Chris nunca me había tenido en baja autoestima. Todo lo contrario y eso hacía que me sintiese bien.

Miré el teléfono. “Chris el capullo” leí entre risas. No pensaba llamarle. Me alegraba haber conocido al verdadero Chris. Habíamos tenido una conexión especial. Pero no era tonta y sabía que sólo fue fruto de la situación de tensión. Una vez fuera del ascensor, ¡puf!, se evaporó. Aquí se volvían a separar nuestro caminos. Apagué el teléfono y lo guardé en el bolso.

CHRIS

Abrí la puerta de emergencia y miré con júbilo las escaleras. “Benditas escaleras” pensé. ¡¡Cuánto las había echado de menos!! Estuve tentado de agacharme y besarlas, pero me pareció algo exagerado, por no decir, que además había cámaras. No quería salir en Youtube como el loco que besa escaleras.

Empecé a bajar con alegría las escaleras, estaba en la séptima planta pero me daba absolutamente lo mismo. Me permitía pensar en todo lo sucedido. Estaba feliz de haber vivido esa situación. Era absurdo porque nunca lo había pasado tan mal, pero a la par, había sido gratificante. Me encantó conocer mejor a Karen y poder solucionar nuestras diferencias. Pero no era sólo eso, Karen me parecía una tía… Me paré unos segundos intentando descifrar qué era lo que me llamó la atención de ella. Me había caído bien y era divertida, no era un bellezón, pero era guapa. Agité la cabeza confundido cuando recordé a Karen riendo. No lo sabía, no sabía qué era. Pero tenía claro una cosa, le daba una semana para llamarme. Si no lo hacía, iría a buscarla. Todavía recordaba dónde vivían sus padres. Una sonrisa malvada se dibujó en mi rostro y seguí bajando con alegría las escaleras.

FIN