Morticia 2

 

¿Os acordáis de Karen y Chris? ¿Qué pasó después de su encuentro en el ascensor? Pues voy a ser mala y no os voy a decir nada, si queréis saberlo sólo tenéis que continuar leyendo 😉

Atención: Morticia 2 es la continuación de Morticia, aunque se pueden leer por separado es recomendable leerlas por orden porque existen spoilers de la historia anterior.


KAREN

Por fin vacaciones. Adiós al frío, al estrés y a el estúpido de mi ex. Bienvenido calor, sol y mojitos.
Se dibujó una sonrisa en mi cara mientras veía por la minúscula ventanilla del avión cómo la ciudad se hacía cada vez más pequeña.

—¿Ya sabes lo que quieres hacer esta semana?

Analicé a mi compañero de asiento que estaba concentrado en una de las revistas del avión. Siempre me había parecido guapo; pelo negro, unos increíbles ojos verdes y esa sonrisa que hace que cualquier chica se derrita. Mike era el hombre perfecto, porque además de guapo, era simpático, tenía buen sentido del humor y me entendía a la perfección. Pero siempre existía algo que lo tenía que fastidiar, y en este caso resultaba que Mike era gay. Por eso nuestra relación relámpago murió la primera —y única— vez que nos acostamos. Fue una decepción absoluta para ambos, pero lo tomamos con humor y decidimos que si no podíamos ser novios por qué no íbamos a ser amigos. Y así empezó una gran amistad. Poco después Mike me confesó que era gay, algo de lo que ya me había dado cuenta porque nos fijábamos en los mismos chicos.

Al no obtener respuesta Mike alzó los ojos.

—¿Qué? —preguntó al verse observado.

—Nada —dije con una sonrisa—. Gracias por acompañarme.

—Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. La próxima vez simplemente pídelo, así Jessy y yo no nos vemos obligados a hacerte una intervención.

—De acuerdo —dije avergonzada.

Estaba pasando un año muy malo. Después de estar tres meses saliendo con Alan me fui a vivir con él. Me hacía mucha ilusión, ¡¡por fin iba a salir de casa de mis padres!! Adoro a mis padres, pero por mucho que les quiera estaba harta de darles explicaciones de por qué no había vuelto a casa a dormir. Así que no dudé cuando Alan me lo ofreció. En apenas una semana me instalé. Jessy y Mike, por el contrario, no lo vieron con buenos ojos. Según ellos era precipitado, pero los ignoré. ¿Qué podía salir mal? Alan y yo éramos iguales, nos gustaba la misma música, las mismas películas, los mismos bares… En general compartíamos los gustos, pero, sobre todo, Alan adoraba mi estilo de vestir algo sobrio. Y yo, por supuesto, adoraba el suyo; su pelo lacio negro que le llegaba hasta la mitad de la espalda, su mirada melancólica, sus inseparables New Rocks y su chaqueta de cuero negra. Me enamoré de él nada más verle. Qué le voy hacer… me pierden los chicos oscuros. Pero las cosas no salieron como yo esperaba. Si bien compartíamos gustos, no compartíamos opiniones. Se me escapó un mueca de disgusto al recordar los cinco meses que conviví con Alan. Habían sido una auténtica tortura. Alan me había hecho sentir como si fuera una invitada, en ningún momento sentí que aquella casa fuera mi hogar. Cuando comprendí que, por mucho que me empeñara, aquello no funcionaba hice las maletas y volví a casa de mis padres.

Con mi regreso me acompañó una depresión que me convirtió en un zombi que sólo hablaba de Alan y su estúpido comportamiento tras mi marcha, que se había basado en… no hacer nada y seguir con su vida. Aquello me molestó mucho. Curiosamente más que los cinco meses de convivencia, e hizo que empeorara mi estado de ánimo. Llegó hasta tal punto mi apatía que Jessy y Mike decidieron actuar porque corría el riesgo de acabar perdiendo el trabajo y, en consecuencia, la cordura por completo. Así que me obligaron a coger vacaciones y me metieron en ese avión camino a la playa. No sé que habría hecho sin ellos. Puede que todavía no hubiese dado con el chico perfecto, pero lo que sí que tenía eran amigos de verdad y pensaba disfrutar aquella semana al máximo con uno de ellos. Nada cambiaría eso.

Me recosté en mi asiento satisfecha con mi conclusión y me centré en la película tan inapropiada que estaban poniendo: Destino Final. A ver, no me mal interpretéis, el género de terror es uno de mis favoritos con el de suspense, pero poner una película donde explota un avión… no lo catalogo como película zen para volar.

Continuaba meditando acerca de la película cuando mi atención se desvió hacia mi vejiga. El medio litro de café que me había tomado por la mañana para despertarme quería salir con urgencia.

—Mike, tengo que ir al baño —avisé a mi compañero para que me dejara salir de mi sitio.

De camino a los baños me di cuenta de lo vacío que estaba el avión. Tampoco era de extrañar si contábamos con que estábamos a mediados de septiembre un lunes de madrugada. Casi todo el mundo había cogido vacaciones los meses de julio y agosto, meses mucho más calurosos para ir a la playa. Pero a mí no me importaba, aquello sólo quería decir que las playas estarían vacías.

Estaba ya con la mano apoyada en el picaporte del aseo cuando una garra me sujetó del hombro echándome hacia atrás con brusquedad.

—Lo siento, guapa, es una emergencia —dijo una mujer rubia dedicándome una sonrisa burlona antes de cerrar la puerta delante de mis narices. Parpadeé atónita sin dar crédito a lo que acababa de pasar… ¡¡La muy guarra se había colado con toda la cara del mundo!!

Mis mejillas ardían de indignación cuando la puerta del baño se volvió abrir. Posé mis ojos furibundos en la mujer de melena rubia que salía del aseo mientras se colocaba el vestido azul turquesa de forma distraída. Me aclaré la garganta para llamar su atención. Cuando sus ojos se posaron en mí me crucé de brazos a la espera de una disculpa. Me observó unos segundos sin mucho interés antes de sacar un móvil del diminuto bolso que colgaba de su hombro y ponerse a escribir en él dirigiéndose a su sitio. Abrí la boca perpleja por la poca vergüenza de la mujer. ¡No se había disculpado! Ni siquiera me había dado las gracias por haberla cedido el puesto… aunque hubiese sido de forma involuntaria. Sentí cómo la ira comenzaba a crecer dentro de mí. Odiaba ese tipo de personas. Esas que necesitan pisar a los demás para sentirse mejores. No llevaba bien que me tratasen mal, bastante tuve en el instituto. Así que tendía a no callarme nada y eso era lo que pensaba hacer con aquella mujer, pero… mi vejiga tenía prioridad. Decidí posponerlo tras pasar por el aseo.

Una vez resuelto el problema con mi vejiga eché un vistazo a los asientos en busca de la mujer de pelo rubio. No tardé en dar con ella. Era guapa, aunque para mi gusto llevaba muy poca ropa para estar en un avión y demasiada bisutería. Continuaba con mi análisis cuando sonrió de una forma tan descarada a su compañero que me pudo la curiosidad y desplacé mis ojos a éste. En cuanto vi la sonrisa ladeada se me cortó la respiración y mi corazón empezó a bombear a un ritmo salvaje. Consciente de que me encontraba en una posición muy visible, reaccioné y me oculté detrás de la cortina que separaba los baños del resto de la cabina del avión.

—No puede ser —murmuré sin apartar los ojos del rostro que llevaba un año (y dos meses) sin ver.

Era Chris. Chris mi pesadilla del instituto, que tras pasar dos horas encerrada con él en un ascensor se convirtió en… “Nada” pensé con tristeza sin despegar la vista de su rostro mientras él continuaba sonriendo a la mujer rubia. “Y es mejor así” me repetí al ver de qué manera Chris cogía la mano de su acompañante.

Pasado unos minutos que aproveché para serenarme, decidí ponerme en marcha a mi sitio. Tenía controlada la situación, no pasaba nada. Chris no me había visto, así que podría sentarme y continuar con mi vida sin que la parejita se diera cuenta. Sí, lo mejor era hacer como si no le hubiese visto y dejarlo correr.

Comencé a caminar con paso decidido mientras sin despegar los ojos del fondo del pasillo me repetía: “No le mires, no le mires, no le mires”.

Continuaba con esa perorata en mi cabeza cuando algo se enredó en uno de mis pies haciendo que perdiera el equilibrio. Trastabillé un par de pasos hasta que alguien me sujetó por los brazos antes de caer encima de su pecho. Cuando alcé la vista para disculparme, me encontré con esos ojos azules que no se habían borrado de mi cabeza.

—¿Karen? —preguntó Chris con un gesto que no conseguí descifrar.

CHRIS

“Bien, ¿cómo lo superé la última vez? Si no recuerdo mal la clave estaba en pensar en otra cosa y distraerme” pensé mientras intentaba concentrarme en la letra de la canción que sonaba en mi iPhone. Había intentando distraerme con la película que habían puesto en el avión pero… ¿¡¿A quién narices se le ocurría poner una película como Destino Final en un vuelo?!? Sólo a un sádico, es a la única conclusión a la que llegué. Tras cinco minutos viéndola había tenido que quitarla. Por lo menos Queen no hablaba sobre aviones que se estrellaban, ni explotaban, ni que les fallaba un motor… “Joder, joder, joder, ¡concéntrate!” me reprendí volviendo a enfocar mi atención en la voz de Freddie Mercury.

Queen era mi grupo favorito y siempre que me encontraba en alguna situación difícil recurría a él. Aunque hoy no estaba funcionando, ni eso, ni las cuatro valerianas que me tomé antes de subir al avión.
Mi concentración en Mercury se evaporó cuando sentí cómo una mano se posaba en mi pierna y empezaba a ascender por ella peligrosamente. Me puse más tenso aún. Desvié mi vista hacia mi acompañante que me lanzó una mirada gatuna llena de insinuaciones. “Zorra” pensé en el acto, aunque en mi cara se dibujó una sonrisa.

Odio volar, es una de las cosas que más odio con… bueno, con cualquier cosa que esté relacionada con las alturas. Pero volar acompañado de Lisa es una jodida tortura.

Desde que la ascendieron hacía unos meses para encargarse del departamento al que pertenezco no había parado de buscar excusas para que estuviese en todos los trabajos como su consejero, a pesar de que la empresa tenía gente más cualificada que yo para ello. Esto había hecho que mis compañeros no me apreciaran mucho, pero lo peor de todo era lidiar con ella y sus insinuaciones sin ofenderla y perder el único trabajo decente que había conseguido hasta ahora.

Con disimulo le cogí la mano y la retiré con delicadeza, momento en el que el avión se agitó. De forma inconsciente mi mano se contrajo apretando la mano de Lisa. Ella lo interpretó mal y se mordió el labio inferior de forma insinuante.

Tenía la respiración acelerada y el pulso desbocado, pero desde luego no era por ella, aquello estaba siendo una auténtica pesadilla y todavía quedaban más de dos horas de vuelo. No tenía ni idea de qué manera iba a conseguir salir de aquel viaje sin que me entrara un ataque de pánico y sin que se enterase Lisa de lo mal que llevaba volar. Porque Lisa no se podía enterar de aquello, no quería darla más poder sobre mí del que ya tenía. Un escalofrío me recorrió la espalda al imaginar lo que podía pasar si Lisa lo averiguaba.

Estaba concentrado en controlar mis gestos cuando un ruido llamó mi atención. Al girar la cabeza vi cómo una chica de pelo negro se abalanza sobre mí. Conseguí frenarla antes de que se estampase contra mi pecho. Cuando levantó la vista, y se retiró el pelo del rostro, mis ojos se encontraron con aquel rostro que durante un tiempo pobló mis sueños.

—¿Karen? —pregunté todavía aturdido por la imagen. Ella abrió los ojos a la par que sus mejillas se sonrojaban. Se incorporó de un salto apartándose de mis brazos mientras comenzaba hablar de forma rápida:

—¡Chris! ¡Que alegría! Cuanto tiempo. ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Un año? Un año y dos meses, ¿quizás? Bueno…. ¿Y cómo te va todo?…

Era Karen. Mi Karen. La observé mientras balbuceaba frases inconexas. Estaba igual que la última vez que la vi, con su melena negra rizada enmarcando su delicado rostro donde resaltaban dos grandes ojos oscuros y una boca generosa. “Vale, no está exactamente igual” pensé analizándola sin disimulo. A diferencia de la última vez que la vi —que vestía arreglada para una entrevista de trabajo— esta vez iba bastante más informal con unos pantalones de pitillo negros rotos por las rodillas y un jersey amplio del mismo color que le caía a un lado dejando uno de sus hombros al aire. En los pies llevaba unas botas militares granates, era el único toque de color de su vestimenta. Aun así, estaba preciosa. Y para mí era como ver un ángel, siempre que me encontraba en un apuro del estilo aparecía. La di otro repaso de pies a cabeza. “Mi ángel negro” pensé con una sonrisa ladeada.

—Bueno, pues me ha encantado charlar contigo. Se te ve genial, sigue así. No os molesto más. Adiós. —Y tras decir esto desapareció de mi vista. ¿Qué narices acababa de pasar?

—¿Qué le pasa a esa tía? —preguntó Lisa entre risas sacándome de mis pensamientos. La miré con un gesto de disgusto, pero no lo vio porque estaba concentrada en arreglarse el maquillaje. El avión volvió a tambalearse y me aferré con fuerza a los reposabrazos mientras cerraba los ojos—. Hay que ser patética —continuó Lisa a mi lado ajena a mi alteración.

¿Qué hacía todavía ahí sentado? Se acababa de aparecer mi ángel negro, mi salvación para aquella pesadilla y había dejado que se esfumara igual que la última vez. Esto no se podía quedar así.

KAREN

—Mierda, mierda, mierda —murmuré una vez llegué a mi asiento mientras me encogía todo lo que podía en él con la esperanza vaga de que me hiciera tan pequeña que desapareciese. ¿Qué me había pasado? Había perdido totalmente el control, había sido como… si volviese a la adolescencia.

—¿Te encuentras bien? Pareces alterada —dijo Mike observándome con detenimiento—. Estás roja. No tienes fiebre, ¿verdad? Sería una putada que te pusieras mala justo la semana de vacaciones.

¿Roja? Fulminé a mi amigo con una mirada. “Gracias, Mike. Eso hace que esté mucho más tranquila” pensé mordiéndome la lengua para controlarme y no decirlo en alto.

—No tengo fiebre —gruñí enfadada—. Lo que pasa es que me he encontrado con Chris.

—¿Chris? ¿Quién es Chris? —De repente se le abrieron mucho los ojos y su cara se iluminó—. ¿No será Chris el capullo? —preguntó con los ojos brillantes de alegría. ¿Por qué se alegraba? No era algo bueno, era algo malo—. ¿No será el Chris por el que estuviste babeando durante meses pero no tuviste el valor de llamar?

—No estuve babeando por él —me quejé. ¿Lo veis? Por eso no era bueno, porque durante un tiempo me dejó noqueada. Una tontería porque sólo había estado con él encerrada en un ascensor durante dos horas resolviendo un mal entendido de la adolescencia, pero algo pasó porque los meses siguientes no me lo pude quitar de la cabeza. Algo que por supuesto no pensaba admitir en alto—. Sólo dije que me había parecido interesante la situación que viví con él.

—Ya… y lo divertido que era y simpático y…

Estaba abriendo la boca para negar todo lo que acababa de decir Mike cuando Chris se materializó a su lado. Se me revolvió el estómago en el acto. ¿Habría escuchado lo que había dicho Mike? Le analicé a la espera de que su rostro reflejase cualquier indicio de que así era, pero si oyó algo no dio muestras de ello. Por el contrario tenía el rostro algo pálido. Se despeinó su pelo rubio con la mano antes de hablar.

—Hola… —dijo pasando la vista de Mike a mí y de nuevo a Mike—. ¿Te puedo robar a Karen unos minutos?

—Sí

—No —dijimos a la vez Mike y yo.

Mike y yo nos conocíamos muy bien, tan bien que en más de una ocasión no necesitábamos palabras para comunicarnos. Con una simple mirada éramos capaces de decirnos las cosas, y siempre funcionaba… O siempre que queríamos que funcionase, porque estaba claro que hoy Mike quería hacerse el loco y por mucho que le miré diciendo “ni se te ocurra”, me ignoró y se dirigió a un Chris confundido que nos observaba sin entender nada.

—Claro, conmigo tiene los temas de conversación agotados —dijo incorporándose de su asiento para dejarme salir. Impotente ante la situación, salí de mi escondite. Una vez fuera, Mike se volvió acomodar en su sitio—. No os preocupéis por mí y tomaros todo el tiempo que necesitéis, me encanta la peli que están echando —finalizó mientras se ponía los auriculares para concentrarse en la película. Le miré incrédula a sabiendas de que odiaba las películas de terror. Pero Chris no se molestó mucho en analizar los comentarios de mi amigo, en cuanto éste le dio el visto bueno me cogió de la mano y me guió un par de filas más atrás.

Chris se sentó arrastrándome a mí al asiento contiguo. Nos quedamos en un silencio incómodo en el que aproveché para asesinar con la mirada a Mike que ya no prestaba atención a la película y en lugar de eso me daba su aprobación sobre Chris. ¡Estupendo! Ahora le volvía la capacidad para entenderme con la mirada, bien pues yo no me iba a quedar corta y le declaré lo enfadada que estaba con él. Pero sólo recibí un guiño y “un buena suerte”. Idiota. No necesitaba buena suerte, lo que necesitaba era…

—Pensaba que ya habíamos hecho las paces. —Escuchar el reproché junto a mí hizo que mi atención volviera a mi acompañante. Chris me miraba con el ceño fruncido. Vale… quizás sí que necesitaba la buena suerte—. Pero ya veo que sigues enfadada.

—No… no… estoy enfadada —conseguí balbucear con los ojos como platos y sin entender nada.

—Entonces, ¿por qué no quieres hablar conmigo? Te sigo dando miedo —sentenció con rotundidad.

Era cierto que en otro tiempo Chris me aterrorizaba. Pero todo cambió tras nuestro encuentro en el ascensor, ya no sentía temor por Chris… ¿o sí?

—¡Que va! No me das ningún miedo —dije con toda la indignación que pude, aunque la verdad era que Chris me intimidaba. Y más teniéndolo tan cerca de mí. Por cierto, ¿siempre había sido tan guapo?—. Además, hemos estado charlando hace un rato —continué sonriendo para parecer lo más tranquila posible.

Aunque no surtió efecto y le debí de parecer una desquiciada porque frunció el ceño y se quedo observándome. Sí, observándome de esa forma tan característica suya que había olvidado. Otra vez, claro, porque no me pasó desapercibido el repaso que me dio cuando me choqué con él. Y seguro que lo que vio le sorprendió, en nuestro último encuentro iba vestida para una entrevista de trabajo con un traje elegante y zapatos de tacón. Pero ese no era mi verdadero yo, mi verdadero yo eran mis Dr Martens, mis pantalones de pitillo negros y mis camisetas negras de tirantes. Mucho más parecido a mi estilo de la adolescencia, mucho más parecido a cuando para él yo era Morticia, el mote con el que me bautizó en el instituto.

Sentí cómo se me revolvían las tripas y cómo el mal humor se instalaba de golpe dentro de mí.

CHRIS

—¡Que va! No me das ningún miedo —dijo Karen indignada—. Además, hemos estado charlando hace un rato —finalizó con una sonrisa un tanto tensa.

Fruncí el ceño disgustado porque intentara llamar a aquello que habíamos tenido “charla”, pero mi concentración se desvió hacia su boca. Esa sonrisa… No era su mejor sonrisa, no le llegaba ni a la suela de los zapatos de su mejor sonrisa, pero era suya y por tanto tenía su esencia. Un montón de recuerdos invadieron mi cabeza.

Karen y yo no tuvimos una buena adolescencia, éramos algo así como Tom y Jerry, con la única diferencia de que Karen en ningún momento deseó comerme aunque sí matarme. Por aquel entonces yo no pasaba una buena época y Karen se convirtió en mi foco de diversión. No me siento orgulloso de ello, para nada. Es más, después de descubrir el daño que la hice me arrepiento muchísimo. Pero todas nuestras diferencias las resolvimos cuando hace un año —por casualidades de la vida— Karen y yo nos quedamos encerrados en un ascensor. Durante las dos horas que estuvimos encerrados hablamos mucho y descubrí que Karen era un tía genial y divertida. Además de mucho más bonita de lo que recordaba en la adolescencia, sobre todo si sonreía. Y es que había que reconocerlo, Karen a los dieciséis años tenía un gusto horrible, vestía de tal forma que parecía que quería espantar a todo el mundo y el caso es que lo conseguía. Pero todo eso pasó hace seis años y antes de que la conociera de verdad.

Me debí de quedar demasiado tiempo mirándola porque su gesto nervioso de hacía un rato pasó a enfado y a otra cosa… a otra cosa muy familiar… no… ¿desafío? ¿Karen me estaba mirando con desafío? ¿Con el desafío del instituto? Sentí como mi rostro se enrojecía de indignación. Primero no quería hablar conmigo y ahora me retaba con la mirada. ¡Genial! Y yo que pensaba que éramos amigos y habíamos pasado página. Pues aquello no pensaba dejarlo así, ya me había disculpado con ella y resuelto todos nuestros problemas hacía un año. Me negaba a que aquello nos volviera a distanciar, me negaba a que ella volviera a sentir la mierda de temor que había sentido en el pasado hacia mí, me negaba a que… No fui capaz de pensar en que más me negaba porque mi corazón se subió a la garganta en el mismo instante en que el suelo del avión vibro. “¿Qué ha sido esa vibración?” pensé, y tal cual lo pensé, salió de mi boca.

—Creo que alguien ha tirado de la cisterna del baño —dijo Karen sustituyendo su gesto de desafío por el de curiosidad—. ¿Todavía te dan miedo las alturas?

—Bueno, resulta que no han inventado ningún antídoto para eliminarlo —dije mordaz agarrando con fuerza los reposabrazos e intentando controlar mi respiración que se había vuelto a desbocar.

—¿Por qué no has tomado algo?

—He tomado cuatro valerianas —contesté cerrando los ojos y haciendo las respiraciones que había visto recomendadas en Youtube para relajarse.

—¿Valeriana? —preguntó—. ¡Por Dios, Chris! Tienes fobia a volar, tienes que tomarte un medicamento más fuerte que valeriana. Algo que te recete un médico.

—Yo no he dicho que tenga fobia —recalqué para que quedase claro mientras volvía a hacer frente a sus ojos oscuros—, simplemente no me gusta volar.

—Miedo es igual a fobia —concluyó Karen. Estaba a punto de rebatir su teoría cuando su boca y sus ojos se abrieron como si hubiese caído en algo en ese momento. Alzó un dedo hacia mí y dijo—: No me digas que no se lo has dicho a nadie.

—¡Pues claro que se lo he dicho alguien! Vaya tontería — bufé mientras miraba de soslayo a Karen. Mierda, me estaba empezando a poner nervioso por otros motivos que no tenían nada que ver con el avión.

—¿A quién? —preguntó con los ojos entrecerrados de forma amenazadora.

—A ti —murmuré mientras me recolocaba en mi sitio.

—¡¡A mí!! —El grito de Karen hizo que me sobresaltara.

Vale, hagamos un pequeño inciso para explicar la situación. Entiendo la sorpresa de Karen, no voy a decir que no la entienda. ¿Cómo era posible que la chica con la que me metía en el instituto fuera la única persona que sabía que me daban pánico las alturas? Pero para todo existe una explicación. Para empezar, y quiero que quede claro, no tengo miedo a las alturas, es simplemente que no me gustan. Para seguir, nunca fue mi intención que Karen se enterara, la culpa la tuvo el maldito ascensor que nos dejó encerrados durante dos horas. Y por último, nunca he tenido la necesidad de contárselo a nadie.

Me di cuenta de que no me gustaban las alturas a los trece años. Fue la primera vez que asistí a la feria del barrio y la primera vez que me dejaban salir solo con mis amigos. Estaba emocionado, mis padres nunca nos habían llevado antes. Mi padre porque siempre andaba liado con algo de la tienda y mi madre porque decía que éramos unos trastos y no iba a ir sola con nosotros. El caso es que por una cosa o por otra, no íbamos. Así que para mí aquel día era El Día. Tenía pensado montarme en todo, llevaba ahorrando todo el año para ello. La casa del terror fue genial, y los coches de choque, y la caseta de tiro, y la casa de los espejos… hasta que me subí a la noria. No sé que me pasó ahí arriba. Sentí que mi cuerpo joven y, por aquel entonces, bastante enclenque se resbala por debajo de la barra de seguridad. Mi cuerpo empezó a reaccionar frente al miedo: sudores fríos, respiración agitada y corazón a mil por hora. Bajé de aquel trasto con un ataqué de pánico que me llevó directo a la enfermería. Mi amigo Peter, que era mi compañero de asiento en la noria, se rio de mí durante semanas. Tuve que pelearme un par de veces con él y con mis amigos para que me volvieran a respetar. Lo conseguí, y poco a poco aquella horrible experiencia se fue olvidando.

Mis padres nunca se enteraron de lo sucedido en la feria. Y yo nunca hice el esfuerzo de contárselo. ¿Para qué? Bastante tenían con no matarse entre ellos. Me acostumbre a evitar ciertas cosas y salí airado del tema. Además, ¿a quién le gustaba ir contando sus miedos a los cuatro vientos? Pero, ¿eh? que quede claro que no me dan miedo las alturas, simplemente las tengo respeto.

—Chsss —le dije a Karen intentando que se tranquilizara al ver que varias personas se giraban a mirarnos—. Sí, a ti. ¿Vale? —dije enfadado por sentirme interrogado como si fuera un niño pequeño—. Y si no recuerdo mal, no te lo dije, te diste cuenta. Así que, teóricamente, tampoco deberías de saberlo.

—Pero… pero, ¿y qué pasa con tu familia? ¿Con la gente que quieres? ¿Cómo has podido ocultar algo así?

—Saben que no me gusta volar, lo cual es cierto. Y, para tu información, siempre se puede encontrar otra forma de viajar. No es necesario coger un avión para ir a los sitios.

—Ni un ascensor para subir o bajar de un edificio —dijo Karen con sorna. Le lancé una mirada de aviso que ella ignoró—. El problema es que a ti no es que no te guste volar, es que le tienes pánico, terror… cómo quieras llamarlo —dijo con un gesto en cuanto vio que lo iba a negar—. Sólo hay que verte para darse cuenta de que no es un simple “no me gusta volar”.

Hice una mueca ante sus palabras.

—¿Qué quieres decir?

—Que estás sudando como si estuvieses en una sauna, más pálido que un muerto y seguro que con el corazón a punto de un ataque. —Sí, Karen había dado en el clavo. Pero lo cierto era que todos aquellos síntomas habían mejorado considerablemente mientras hablaba con ella—. Eso no puede ser bueno para la salud —continuó seria—. Lo primero para superar un miedo es hablar de él. Te vendría bien hablarlo con tu familia.

¿¡¿Qué?!? ¡Y una mierda! No pensaba hablar con mi familia sobre mi miedo a volar, entre otras cosas porque no me daba miedo, así que era ridículo hablar de un no miedo.

—No —dije en tono seco.

—Claro que sí, te vendrá bien —dijo cada vez más animada con la idea—. Si quieres yo te ayudo. ¿Por qué no empezamos con tu novia?

¿Mi novia? ¿De qué estaba hablando? Para mi horror todas mis preguntas tuvieron respuestas cuando Karen se levantó y se dirigió hacia donde estaba Lisa.

KAREN

Cómo Chris había conseguido ocultar a su familia su miedo a las alturas durante tanto tiempo se escapaba a mi entendimiento, pero que mantener esa situación no era sano sí que lo entendía y por eso pensaba ayudarle. Al fin y al cabo éramos amigos ¿no?

Sin dudarlo me puse en pie y me encaminé hacia la novia de Chris. Estaba ya frente a ella dispuesta a resolver aquella locura cuando una mano me tapó la boca. En seguida supe quién era el propietario de la mano por su olor. ¿De verdad ya había memorizado su colonia en apenas quince minutos? ¡Madre mía, tenía un problema muy serio!

—Se le va un poco la cabeza —dijo Chris a su novia pegándome contra su cuerpo—. No hay que hacerla mucho caso. Ahora, si no te importa, Lisa, tengo que charlar un rato con ella.

La tal Lisa me miró con cara de asco mientras Chris me arrastraba a nuestros nuevos sitios. Cuando me liberé de sus manos me giré para enfrentarme a él.

—¡El único loco aquí eres tú! —dije sintiendo cómo el enfado hacia Chris crecía en mi interior. ¿Por qué? Bueno… no existía un motivo decente para enfadarme con Chris, simplemente era porque su novia me había mirado como un despojo humano. Así que a él, como novio, le tocaba aguantar el chaparrón. ¿Cómo podía tener tan mal gusto? Desde luego le tenía en mucha mejor estima, esa mujer era una estirada con aires de diva. Pero Chris no se achicó, en lugar de eso me miró furibundo mientras decía:

—No le vas a decir nada a Lisa, ¿entendido?

No me lo podía creer. ¿Me estaba amenazando para ocultar una tontería así? Era su novia, ¡por el amor de Dios! Si le quería no le importaría que Chris tuviese miedo a volar. Debería quererle con sus cosas buenas y malas. Chris tenía que entenderlo. Aunque claro, después de haberla conocido tenía mis dudas de que le aceptase tal y cómo era.

—Estás siendo irracional. Deberías de asumir que tienes un problema —dije cruzándome de brazos y mirándole inquisitivamente.

—¿Qué yo tengo un problema? —dijo ofendido—. Mira quién fue hablar, la que todavía me tiene miedo después de que hayan pasado seis años y me haya disculpado.

—Ya te he dicho que no te tengo miedo.

Aquello no estaba yendo por buen camino…

—Entonces, ¿por qué no querías hablar conmigo? —preguntó de forma tozuda.

¿Por qué no quería hablar con él? Aaah… tenía un buen motivo para no querer hablar con él; el mismo motivo por el que recordé su colonia en tan poco tiempo, el mismo motivo por el que el corazón se me aceleró cuando me pegó contra su pecho y el mismo motivo por el que me molestaba tanto su novia. Porque todavía sentía algo por él. Pero Chris no podía enterarse de aquello. No, ni en broma. Pasando de que me tomase por una loca, por qué a ver, ¿quién en su sano juicio se queda colgada del chico que le martirizó en el instituto? Vale que se había disculpado, pero aun así sólo estuvimos juntos dos horas. En dos horas no daba tiempo a conocer a otra persona y de eso hacía… ¡¡un año y dos meses!! —¿Debería de preocuparme recordar tan bien del tiempo que había pasado?—. Además de que Chris y yo éramos totalmente diferentes, tan sólo había que mirarnos para darse cuenta. Aunque todo aquello daba igual. Lo importante era que todas las hormiguitas del estómago que habían aparecido desde que había visto a Chris no podían ser otra cosa que nervios por ver a un viejo amigo. “Sí, eso tiene mucho más sentido” pensé satisfecha pero sin tener una buena respuesta para Chris.

—Porque… porque… —comencé a balbucear mientras buscaba una excusa que me hiciese salir del paso. Y fue en ese momento cuando en mi cabeza apareció el rostro sonriente de Mike—. Porque a Mike no le gusta que hable con otros chicos.

Chris puso cara de disgusto a la par que desviaba la vista en dirección a Mike. Hice lo mismo. El bueno de Mike, ajeno a nuestra disputa, hablaba alegremente con la azafata. “Voy a ir al infierno” pensé sintiendo cómo la culpa me carcomía.

CHRIS

—Porque… porque… —comenzó Karen a balbucear de forma apurada hasta que al final confesó—: Porque a Mike no le gusta que hable con otros chicos.

Hice una mueca de desagrado ante sus palabras y de forma inconsciente mis ojos se fueron al susodicho Mike. Estaba hablando con la azafata de forma alegre. En seguida se me dibujó un gesto de asco, ¿cómo podía no gustarle que Karen hablase con otros hombres mientras él tonteaba con otra mujer? No me gustaban nada esa clase de tipos tan posesivos.

Me quedé un rato más observándolo. Había dejado de hablar con la azafata y ahora hablaba con otro pasajero, un chico de nuestra edad. Me fijé mejor en Mike. Era guapo y llevaba un estilo muy parecido al de Karen, pantalones de pitillo negros y camisa de cuadros roja y negra, pero aun así, ¿cómo era posible que Karen estuviese con alguien así? Karen era una chica con un carácter fuerte, jamas habría imaginado que acabaría con un tío que la controlase. Fruncí el ceño cuando, Mike, una vez finalizó su conversación con el chico bajó su vista al trasero del muchacho.

—¿Por qué no me llamaste? —pregunté de repente volviéndome hacia Karen que parecía agobiada. Estaba enfadado, muy enfadado. Me cabreaba que Karen saliese con un tipo así, y verla nerviosa por su novio me molesto más aún. Me jodía que hubiese acabado con aquel tipo controlador. Si me hubiese llamado después de nuestro encuentro hacía un año nunca habría pasado aquello—. Pensaba que éramos amigos.

Mi enojo la pilló desprevenida y parpadeó un par de veces confundida.

—Ese… ese no es el tema —dijo algo apurada—. El tema es que tú no le has dicho nada a tu novia de que te da miedo volar. —Ya estaba de nuevo con eso—. Y las mentiras no ayudan en nada a una relación, deberías hablar con ella.

—¿Así que ahora te preocupas por mis relaciones amorosas? —pregunté divertido sin poder evitar que se me escapara una sonrisa cansada.

—Pues claro, somos amigos —dijo seria.

—Ya, un amigo al que no llamas y con el que no quieres hablar —dije mirándola fijamente. Karen se movió incómoda en su sitio mientras apartaba la vista. ¿Qué la pasaba? Estaba rarísima. Karen no era así, era una tía segura y desafiante. En lugar de eso parecía… intimidada. Ahí había gato encerrado y pensaba enterarme de lo qué estaba sucediendo. Me daba igual si tenía que pasarme todo el vuelo acosándola. “Mejor” pensé, “así por lo menos tengo una excusa para estar con ella”. Lo que tenía claro era que no pensaba bajarme del avión sin saber por qué el comportamiento de Karen era tan raro. Y si tenía algo que ver ese novio suyo. Mis ojos dejaron de analizar a Karen para pasar de nuevo a su novio.

KAREN

Malditos nervios que no me dejaban pensar. “Piensa Karen, piensa” me reprendí estrujándome el cerebro en busca de alguna forma de salir de aquella conversación. Aunque Chris no parecía atento a mí, parecía que otra cosa había llamado su atención, y por su sonrisa hasta diría que le divertía. ¡¡Madre mía cuando me había sonreído!! Había conseguido que las hormigas de mi estómago se hubiesen convertido en un torbellino de mariposas. Pero ahora no podía pensar en eso, tenía que concentrarme en la conversación y cómo salir de ella.

Chris volvió a fijar sus ojos azules en mí y los nervios volvieron. ¡¡Ah!! ¡No sabía qué decirle! Lo mejor sería cambiar de tema. Sí, un cambio de tema que nos alejara de zonas movedizas como por qué no le llamé.

—Bueno, ¿y qué tal en el trabajo? ¿Encontraste trabajo? Yo al final me he metido en una gestoría. No me gusta mucho, pero tampoco está mal…— ¿Estaba volviendo a hablar demasiado rápido? Si lo hacía Chris no dijo nada, en lugar de eso se dedicó a analizarme con gesto serio y con un brillo en los ojos que, no sabía muy bien por qué, me daba mala espina.

—Eh… Karen —me llamó Chris cortando mi monólogo sobre lo poco que ayudaba el sindicato laboral en estos puestos. Cerré la boca por fin y me centré en él—. Tengo algo que decirte —dijo callándose un segundo para aclararse la garganta mientras con disimulo se tapaba la boca con la mano, ¿se le había escapado una sonrisa?—. No mates al mensajero, ¿vale? —continuó levantando una ceja cuando (ya no lo dudaba) consiguió mantener la seriedad. Le miré con precaución—. Tu novio es gay —soltó de repente.

Abrí los ojos y sentí cómo empecé a transpirar por el estrés. ¿Cómo se había dado cuenta? Los tíos son malísimos para estas cosas. Desvié la vista hacía Mike y evité un gemido de impotencia. Tonteaba sin disimulo con un chico. Maldije para mis adentros.

—Lo que pasa es que es un chico muy sociable —dije volviéndome hacia Chris que me miraba divertido a pesar de que su boca estaba seria.

—Le ha guiñado el ojo al chico con el que está hablando después de escribirle algo en su móvil. Estoy seguro que lo que le ha escrito en el móvil es su número de teléfono. Tu novio es gay.

Sentí cómo el pánico me empezó a invadir. Tenía que buscar una buena respuesta. Chris no era tonto, que va, si no recordaba mal era bastante perspicaz, así que si no pensaba una buena excusa descubriría que todo era una mentira. Y eso era lo último que quería porque significaba tener que dar explicaciones, explicaciones que no quería dar de ninguna forma. Pero mi cabeza parecía estar en *shock*, porque en lugar de buscar buenas respuestas tan sólo me venía la imagen de cuando yo tenía cinco años y mi madre me reñía diciendo: “Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”.

—Eh… no creo… seguro que hay una explicación. —“Vaya mierda de frase” pensé reprochándome ser tan mala mintiendo. Los ojos de Chris perdieron el brillo de diversión y se estrecharon estudiándome mejor.

—Tampoco parece muy preocupado porque estés aquí hablando conmigo. —Apartó la vista de mí para dirigirla de nuevo a Mike. Yo hice lo mismo. No, no parecía nada preocupado. Había dejado de hablar con el chico para centrarse en su libro. Mi mentira se desmoronaba ante mis ojos y era obvio que ante los ojos de Chris también—. Me has mentido —declaró molesto.

—No —dije negando con la cabeza, pero mis mejillas me delataron.

—¡Claro que me has mentido! ¡Como he podido ser tan tonto! Mike no es tu novio. Sólo te lo has inventado para salir del paso. ¿Por qué me has mentido? —dijo enfadado sin despegar su mirada inquisidora de mí. Y aquí lo tenéis, este es el punto donde no quería llegar—. Tanto miedo te doy que me mientes. Pensaba que habíamos resuelto todos nuestros problemas del instituto hace un año. —Sus ojos echaban chispas de enfado. Se pasó la mano desesperado por el pelo mientras apoyaba la cabeza en su asiento y miraba al techo—. Te juro que no lo entiendo, Karen. Joder, si hasta me dio la impresión que habíamos conectado.

Le observé sin saber qué decir sintiendo cómo la culpa me consumía. Parecía realmente dolido. Y mi intención en ningún momento había sido hacerle daño, tan sólo no quería que descubriese que me atraía, porque… bueno, creo que se entiende el porqué.

—No… no es eso. —Los ojos de Chris volvieron a posarse en mí y maldije para mis adentros por haber abierto la boca.

—¿Entonces qué es? —me preguntó negando con la cabeza desesperado—. Porque no te entiendo. Parece como si te pusiera nerviosa estar conmigo, como si sintieses…

Chris no terminó la frase. Se quedó estudiándome con el ceño fruncido. El pánico volvió a crecer dentro de mí bajo su atenta mirada y, sin poderlo evitar, retiré la vista avergonzada. “¡¡Mierda!!” me regañé “¿Por qué he apartado la mirada? Eso me va a delatar”. Cogiendo valor volví a mirar a Chris, pero ya era demasiado tarde, el enfado de Chris se había esfumado y en su lugar su rostro mostraba… ¿sorpresa? ¿curiosidad? No lo sabía. Pero poco a poco el gesto fue cambiando hasta que al final se dibujó su famosa sonrisa ladeada de triunfo. Sí, la que conocía tan bien debido al año de jugarretas que había vivido en el instituto. Acercó su rostro al mío obligándome a echarme hacia atrás.

—Porque no te gusto, ¿verdad? —susurró.

Tragué con fuerza para pasar las nauseas que me vinieron de golpe.

—Tengo… tengo que ir al baño —conseguí decir mientras me ponía en pie de un salto y huía de ahí lo más rápido posible.

CHRIS

“¿¡Le gusto a Karen!?” ¡¡Joder!! ¡¡Existía la posibilidad de que le gustara!! Una sensación de júbilo me embargó mientras una risa —un tanto desquiciada— salía de mi garganta. No lo podía creer… aquello era… era lo que había soñado durante mucho tiempo.

Después de nuestro encuentro en aquel ascensor Karen se había introducido en mi cabeza como un virus que contaminaba todo. Aparecía en mis sueños y durante un tiempo comparaba a todas las chicas con ella; nunca tenían una sonrisa como la suya o sus ojos no eran tan profundos o no tenían su sentido del humor… En definidas cuentas, me había quedado pillado por ella. Me di cuenta pronto, para que engañarnos, me di cuenta el mismo día que nos separamos. Y estaba decidido a que entre nosotros hubiese algo, me esforcé porque así fuese. Pero las cosas no salieron como yo lo había planeado y ella nunca llamó. Con el tiempo comprendí que ella no estaba interesada, porque si no… ¿por qué no me había llamado?

Seguía divagando con una sonrisa tonta en el rostro cuando la voz de Lisa me devolvió a la realidad.

—¿Chris? —preguntó junto a mí mirándome como si estuviera loco.

La aparición de Lisa no hizo que bajase a la tierra, que va, hizo que bajase de golpe a un avión en marcha a diez mil pies de la verdadera tierra. En seguida me inundo el sonido de los motores del avión, el aire seco y, por supuesto, el balanceo de las turbulencias. El corazón se me disparó en un segundo a la par que lo hacía mi respiración.

—Sí —dije intentando acompasar mi respiración.

—Deberíamos de hablar de los informes que vamos a enseñar a la empresa —dijo mirándome de una forma extraña. ¿Se habría dado cuenta? Sentí cómo la frente se me perlaba de sudor. Una nueva turbulencia me hizo cerrar los ojos de forma inconsciente—. ¿Estás bien? —me preguntó con cautela.

—Sí —dije abriendo los ojos y levantándome de golpe—. Estoy preocupado por mi amiga. No se encuentra bien —continué separándome de Lisa para ponerme de camino a los baños—. Los informes los vemos en cuanto lleguemos, tenemos tiempo de sobra —concluí dándome la vuelta para que no tuviera tiempo de contestar.

Necesitaba a Karen, ella era la única que conseguía hacerme olvidar dónde me encontraba. Pero sobre todo necesitaba saber por qué nunca me había llamado.

KAREN

Aquello estaba siendo peor que las burlas del instituto porque por lo menos en aquellos casos podía levantar la cabeza bien alta. Pero ahora… ¿cómo iba a mirar a la cara a Chris? No, no podía volver a mirarle a los ojos. ¡¡Dios, era tan humillante!! Me tapé el rostro con las manos amortiguando un quejido.

Escuché un par de golpes en la puerta.

—¡Está ocupado! —grité para que se me oyese por encima del ruido del avión.

Llevaba demasiado tiempo en el baño, pero tenía la esperanza de poder quedarme allí encerrada hasta que aterrizase. Los golpes volvieron a sonar con más insistencia. ¿Qué pasaba? ¿Es qué no había visto la lucecita roja de ocupado?

—¡Ya voy! —dije enfadada mientras respiraba un par de veces profundamente para darme valor.

La persona de fuera debía de necesitar pasar al baño con urgencia porque volvió a golpear. Abrí la puerta con enfado y un comentario mordaz en la punta de la lengua cuando mis ojos se posaron en el rostro de Chris. Cualquier otra persona le hubiese cedido el baño sin miramientos al ver su cara pálida, y yo en otra circunstancias también lo hubiese hecho, pero no hoy, no después de lo que había pasado hacía un rato entre nosotros. Así que como un acto reflejo, en cuanto lo vi mi mano se aferró a la puerta para cerrarla. Chris fue más rápido y un segundo después nos encontrábamos los dos dentro del diminuto espacio del baño.

—No puedes hacer esto, es… es ilegal —dije en un tono un tanto histérico por tener el cuerpo de Chris pegado al mío.

—Bien, pues dime por qué no me llamaste —dijo serio. Así de cerca podía ver su rostro sin problemas y, sí, tenía mal aspecto.

—¿De verdad piensas que es un buen momento para preguntarme eso? Tienes mala cara —dije cada vez más agobiada.

—Se me pasará, y es un momento tan bueno como otro cualquiera —contestó con tranquilidad. Y lo cierto era que, mientras yo me iba poniendo más histérica por segundos, él parecía más tranquilo y relajado. ¿Qué le pasaba a este tío? ¿Es que se tranquilizaba martirizándome?

Unos golpes sonaron en la puerta antes de que la voz de una azafata se escuchase tras ella:

—Por favor, salgan de ahí. En los baños sólo pueden entrar de uno en uno.

—¿Por qué no me llamaste? —me preguntó Chris ignorando a la azafata. Estábamos tan pegados que pude sentir su aliento rozándome la mejilla y cómo los latidos de su corazón se iban calmando. Volvieron a sonar los golpes—. Ahora salimos. Mi amiga se encuentra mal —dijo Chris a la azafata antes de girarse y murmurarme—: ¿Por qué?

—Si no salen ahora mismo llamaré al comandante y serán arrestados.

—Ya la has oído —dijo Chris levantando una ceja—. Tú decides.

Ahora era yo la que tenía el corazón a mil por hora y, por horrible que me pareciese, estaba segura de que Chris podía sentirlo al igual que yo había sentido el suyo hacía unos instantes. Mis mejillas tampoco me estaban echando una mano, me ardían. Pero todas aquellas evidencias frente a Chris no eran lo que me preocupaba, lo que me preocupaba era la determinación de sus ojos, esa que decía: “No me voy a mover de aquí hasta que hables”. Bueno, eso y lo de salir de allí detenidos, aquello también me preocupaba bastante.

—Me asusté, ¿vale? Me asusté y por eso no te llamé. —Las palabras me salieron apresuradas—. ¿Estás contento? Ya te puedes reír de mí con ganas. Ahora, por favor, abre.

A Chris se le iluminó el rostro con una sonrisa enorme.

—Muy contento —dijo girándose en el pequeño espacio para abrir—. Pero nuestra conversación no ha terminado.

En cuanto abrió una azafata con cara de pocos amigos nos regañó obligándonos a sentarnos. Al parecer el avión había entrado en una zona de turbulencias y teníamos que ponernos los cinturones. ¿Cómo era posible que no me hubiese dado cuenta? Mis ojos se desplazaron al que —estaba visto— iba a ser mi compañero de vuelo quisiera o no. Ajeno al bamboleo del avión Chris se abrochaba el cinturón como si jamas le hubiese dado pánico volar. ¿Qué le pasaba? Parecía como si tuviese la cabeza en otro sitio. Una vez concluyó su tarea, sus ojos volvieron a estar atentos a mí. Entonces entendí por qué Chris estaba tan ausente, por supuesto que tenía otra cosa en la cabeza: yo. Una sonrisa se dibujó en su rostro antes de decirme:

—Bien, no me pienso reír de ti, pero quiero que me cuentes qué pasó cuando nos separamos hace un año.

CHRIS

Karen estaba preciosa con las mejillas rojas y el gesto apurado. Estaba pasando un mal trago, pero no sentí ni un poquito de piedad por ella. Me había pasado meses esperando esa puñetera llamada.

—¿Cómo que qué pasó? Ya te lo he dicho, me asusté —dijo nerviosa.

—¿Y por qué te asustaste?

Abrió la boca por la sorpresa.

—Ya sabes porqué —dijo indignada. Sí, sabía perfectamente por qué se había asustado, porque había sentido la misma conexión que sentí yo—. No pienso decirlo en alto para que te regocijes en ello —dijo algo ofuscada.

El problema residía en que sí que necesitaba oírlo. Podéis considerarlo orgullo de macho si os place, pero lo cierto era que necesitaba oírselo decir porque me había pasado muchos meses comiéndome la cabeza con el tema y, a diferencia de ella, yo sí que había tratado de hacer algo.

—Dilo —ordené en un tono más serio del que pretendía. En el acto me di cuenta de mi error. La actitud de Karen cambió de forma brusca. Su rostro se serenó y sus ojos se volvieron fríos. Se convirtió en Morticia, la chica que conocí en el instituto, la chica que me había odiado.

—No —dijo de forma seca alzando el rostro con orgullo—. Déjalo estar Chris. —Y tras decir esto llevó sus manos al cinturón para desabrocharlo.

—Espera —dije poniendo mi mano sobre la suya para evitarlo—, por favor. Solo… quiero oírlo. Necesito oírlo.

—¿Por qué? —dijo con furia. Sus ojos brillaban y sospechaba que yo era culpable. Me sentí mal y algo avergonzado—. ¿Qué más da? ¿Acaso importa? —continuó Karen apartando mis manos para continuar con su tarea.

—Sí —murmuré.

—Olvídame, Chris. Olvida lo que pasó cuando teníamos dieciséis años y olvida lo que pasó hace un año. Sigamos con nuestras vidas como hasta ahora y deja de remover el pasado —dijo incorporándose de su sitio—. Yo ya lo he olvidado.

Estaba a punto de marcharse cuando la cogí de la muñeca.

—Te fui a buscar —confesé. Karen se giró y me miró sin entenderme.

—¿Qué? —preguntó.

—Te fui a buscar —repetí serio—. Hace un año —aclaré—. Te fui a buscar a casa de tus padres, pero ya no vivíais allí. Os habíais mudado.

Estaba abriendo la boca para decirme algo cuando la misma azafata de antes apareció junto a ella.

—Por favor, les he dicho que se sienten —dijo con tono irritado. Karen miró un segundo el sitio que estaba junto al mío antes de hacer lo mismo con su antiguo sitio.

—Por favor —supliqué a Karen cuando vi que dudaba. Sus ojos volvieron a mí y se me escapó un suspiro de alivio cuando comprendí que accedía a mi petición.

Se sentó en silencio bajo la atenta mirada de la azafata que no se marchó hasta que comprobó que se había abrochado el cinturón. Después se quedó con la vista fija en la butaca de enfrente en silencio. Se lo agradecí, sabía que ahora venía una sesión de confesiones y me resultaba más fácil hacerlas si sus ojos negros no estaban fijos en mí.

—¿Cuándo? —preguntó sin apartar la vista del asiento de enfrente.

—Un mes después de nuestro encuentro en el ascensor. —Me reí de forma cansada mientras negaba con la cabeza—. En el fondo tenía pensado ir a buscarte antes, una semana después de nuestro encuentro. No me preguntes por qué pero sospechaba que no me llamarías. —Sentí cómo sus ojos volvían a estar fijos en mí, aun así continué con la vista al frente—. Pero tuve problemas en casa, mi padre se puso enfermo y tuve que estar con él. Para cuando se recuperó y cogí el valor de ir a buscarte, ya os habíais mudado.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Hasta que Karen lo rompió.

—Lo siento —murmuró. De repente algo le pasó por la cabeza porque dijo—: Me refiero a lo de tu padre. —Levanté una ceja al oírla—: Bueno… lo otro también lo siento —continuó de forma precipitada. Sus mejillas se volvieron a colorear—. A ver, me refiero a que siento que nos hubiésemos mudado. Ya sabes… —dijo apurada mientras me suplicaba con la mirada que la ayudase a salir de aquella, pero de eso nada, estaba disfrutando demasiado. Así que levanté más la ceja como si no supiese de qué hablaba—. Siento que te hicieras el viaje para nada —concluyó apoyándose en su respaldo y esquivando mi mirada.

Así que en esas estábamos, no pensaba admitir que le jodía que no nos hubiésemos encontrado hacía un año. ¿Cómo podía ser tan terca?

—Sí, una putada hacer un viaje tan largo —ironicé chasqueando la lengua molesto. Noté cómo se movía incómoda en el sitio, pero me daba igual, estaba enfadado—. Así que sólo me quedó esperar a que tú te dignaras a llamar. Pero nunca me llamaste porque te asustaste.

Karen se volvió a remover en su sitio y dijo al final:

—Pero tu padre está bien ¿no? —La fulminé con la mirada, ella se encogió en el asiento.

—Sí, Karen, mi padre está de puta madre. ¿Qué coño te pasa? ¿Tanto te cuesta decirme que te acojonaste porque te mole? Joder, te acabo de confesar que fui a buscarte a tu casa porque me gustaste. Pensaba que eras más valiente —concluí dolido. Estaba realmente enfadado y, por qué negarlo, jodido. Me había hecho ilusiones de algo que no existía, poco debía de significar yo para Karen si no era capaz ni de confesar algo que era tan obvio.

KAREN

Tragué con fuerza intentando contener las ganas de llorar. Sentía una opresión en el pecho que aumentó al ver la cara de decepción de Chris. Sí, era una cobarde. Pero no era tan sencillo. Me había impresionado que Chris hubiese ido a buscarme a casa y maldecía por dentro con todas mis fuerzas el día que mis padres decidieron que la casa donde crecí se les hacía muy grande. Pero no se me escapó en ningún momento que él había estado hablando todo el rato en pasado, hacía un año. El problema residía en que a mí me seguía gustando como una tonta ahora, en el presente, con su novia a… —miré en su dirección— cinco asientos. Me parecía que la diferencia era importante.

Me quedé un rato en silencio dando vueltas a todo lo que había pasado. Chris se merecía saber la verdad, aunque me costase y me doliese verle con otra chica, él había sido sincero. Se lo debía. Cogí una gran bocanada de aire y sin despegar los ojos de mi regazo comencé hablar.

—Cuando estuvimos en el ascensor sentí algo. En el momento no supe que era. No fue hasta pasados unos días que lo entendí. Quería volver a escuchar tu voz y tu risa, es bastante contagiosa, ¿sabes? —Se rio al escucharme pero no tuve valor de mirarle, en lugar de eso se me dibujó una sonrisa. Me volví a concentrar en mi narración—. Pero cada vez que cogía el teléfono para llamarte me ponía nerviosa. ¿Y si te dabas cuenta? Me iba a morir de vergüenza, porque sólo habíamos pasado dos horas juntos, ¿qué ibas a pensar de mí? Así que no lo hacía. Y fueron pasando las semanas. Y después los meses y cada vez era más difícil. Hasta que apareció Alan e hizo que me olvidara de ti —finalicé todavía observando mis manos.

—¿Quién es Alan? —La pregunta de Chris me sorprendió, entre otras cosas porque no lo dijo en un tono muy agradable. Por fin alcé la vista y me encontré con sus ojos que me miraba con un pequeña arruga en el ceño.

—Mi ex.

Su gesto se relajó.

—Entonces… ¿ahora estás soltera? —Afirmé con la cabeza un poco desconcertada por la pregunta. ¿Importaba? Por lo menos a él le tenía que dar lo mismo. Pero me sonrió de esa forma que hacía que mi estómago vibrase y dijo—: Genial.

“Sí, genial” pensé de forma irónica. Genial para él que estaba con su novia, pero para mí no tenía nada de genial. Era una mierda. Me sentía hecha un asco desde que había vuelto a casa de mis padres. Con mi autoestima pisoteada después de ver lo poco que le había importado al idiota de Alan mi marcha. Y para colmo descubriendo que el chico con el que había fantaseado hacía un año, y dos estúpidos meses, me seguía gustando a pesar de haber estado viviendo con mi ex durante cinco meses. ¿Qué podía decir eso de mí? Nada bueno. ¿Cómo podía estar sintiendo algo así por Chris y no por Alan? Pero lo peor no era eso. Lo peor era que todo eso me daba lo mismo, porque lo que me fastidiaba era que Chris estuviese allí con su novia. Una novia boba que me había tratado como una basura, pero que a él le importaba tanto que prefería oculta sus miedos antes que contárselos. Así que todo era un absoluto asco. ¡Estupendo! Y ahora además me miraba con cara de susto. ¿Por qué me miraba con esa cara?

—Lo siento —dijo de repente mientras buscaba en los bolsillos de sus vaqueros y a su alrededor algo. ¿Por qué se disculpaba?

—¿Por… por qué? —pregunté con un hilo de voz tiritón. Entonces entendí por qué. Sentí el frío en mis mejillas húmedas debido a las lágrimas que se habían escapado en silencio delante de Chris.

—Por lo que haya dicho que te haya molestado —dijo apurado mientras me daba un paquete de pañuelos que encontró en el bolsillo del asiento delantero—. Lo siento.

—No… no has dicho nada —dije apartando la mirada avergonzada por la escena que estaba dando. Intenté serenarme, pero una vez que arranco a llorar es difícil pararme. Y más aún teniendo a el motivo de mi llanto junto a mí mirándome como si fuese un cordero a punto de ir al matadero. Así que mi llanto fue a más y dejó de ser silencioso para que me diera un ataque de hipos bastante… ridículo. Malditas hormonas, porque todo esto era culpa de las hormonas, estaba segura.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó Chris angustiado junto a mí—. ¿Quieres que vaya a buscar a tu amigo?

Negué con la cabeza mientras me sonaba. Lo último que quería era que Mike se diera cuenta que estaba haciendo una escena. Pensaría que era por Alan y eso le enfadaría. A Mike y a Jessy no les caía especialmente bien, además de que les había dado bastante la lata con él durante el último mes.

—¿Quieres un vaso de agua?, ¿chocolate?, ¿un abrazo? Por favor, Karen, dime qué tengo que hacer. —Al escuchar su súplica no pude evitar alzar la vista hacia Chris conteniendo algunos hipos. Mi cara debía ser un auténtico desastre, no lo dudaba, pero la cara de Chris tampoco tenía desperdicio. Parecía que hubiese visto un fantasma. Sin poderlo evitar me empecé a reír. Mi cambio de estado de ánimo confundió más a Chris—. Creo que voy a ir a buscar a tu amigo.

—No… no… —dije por fin limpiando las lágrimas que salían de mis ojos sin control—. Ya se me ha pasado. Lo siento. —Nos quedamos unos segundos en silencio hasta que dije—: ¿Chocolate?

Chris me miró algo más tranquilo y afirmó con la cabeza.

—Con mi hermana funciona. —Al escucharle me volvió a entrar la risa pero esta vez él se unió.

—¿Tienes chocolate?

Se rascó la nuca de forma pensativa mientras en su rostro se dibujaba una cara seria que me hizo sonreír.

—Bueno… no, pero seguro que la azafata puede conseguir algo. Si quieres lo consigo. ¿Quieres chocolate?

—Afirmé con la cabeza sin dudarlo, no desaprovecharía la oportunidad de ser mimada por Chris. Lo sé… muy triste, pero lo necesitaba.

A Chris no le molesto, que va, en lugar de eso me sonrío satisfecho mientras apretaba el botón para llamar a la azafata. Unos segundos después la azafata con cara de perro se encontraba junto a mi asiento.

—¿Podría traernos algo con chocolate? —preguntó Chris.

La azafata le fulminó con la mirada antes de decir:

—El menú no incluye nada de chocolate, señor.

—¿Y no lo puede conseguir? Es una urgencia —dijo Chris con una sonrisa tan dulce que ninguna chica se resistiría a su petición… Excepto ella, que lo miró de nuevo con cara de pocos amigos antes de decir:

—Tenemos chocolatinas, pero cuestan cuatro euros.

—¿¡¿Cuatro euros?!? —se me escapó al escucharla—. Vaya timo. Creo que me quedo con el vaso de agua.

—Son tres euros la botella de agua… —dijo la azafata mirándome con malicia—, de doscientos cincuenta mililitros.

—Creo que voy a pasar —dije resignada ante la sonrisa de satisfacción de la azafata.

—No, traiga las dos cosas —dijo Chris.

—No —dije yo a la azafata frenándola antes de que se fuera—. No traiga nada.

—Sí —dijo Chris con cabezonería—. Quiero la chocolatina y el agua.

—Chris, déjalo. No quiero ninguna de las dos cosas, no es necesario.

—Sí que es necesario, te he hecho llorar.

—Tú no me has hecho llorar y esto no es apropiado.

—Claro que es apropiado. ¿Por qué no va a ser apropiado?

¿De verdad se lo tenía que explicar? Pero no hizo falta porque la azafata me interrumpió antes de que me pusiese a dar explicaciones.

—Por favor, señores, decídanse.

—No —dije yo con rotundidad.

—Sí —dijo Chris a la par. Le lancé una mirada igual de poco simpática que la que le había mandado la azafata minutos antes. Pero Chris me sonrío de forma inocente y dijo—: Es para mí, no para ti.

La azafata suspiró desesperada y se marchó a buscarlo. Yo hice lo mismo recostándome en el asiento.

—Eres un gilipollas —murmuré ofuscada.

—Lo sé —dijo sin inmutarse.

Estuvimos en silencio hasta que volvió la azafata con el pedido de Chris. Cuando se marchó, Chris dijo:

—Creo que me odia.

—Yo también lo creo —dije con una risilla.

Luego Chris, como si nada, abrió la barrita de chocolate y le dio un mordisco mientras le salía un gemido de placer… un tanto exagerado. Hice una mueca de disgusto.

—Eres un gilipollas.

—Eso ya lo has dicho. ¿De verdad no quieres? Está muy buena —dijo poniendo la chocolatina delante de mi cara. Enseguida mis papilas gustativas empezaron a segregar saliva sin mi consentimiento. Mierda, sí que quería. Negué con terquedad—. ¿En serio no quieres? —insistió Chris acercando más la chocolatina.

Me llegó el olor dulzón del chocolate. Con un gruñido le arrebate la chocolatina de su mano mientras le decía:

—¿A ti que te pasa? ¿Es que te caíste de cabeza al nacer? —dije ignorando la risa de Chris mientras me llevaba la chocolatina a la boca. Sí, Chris tenía razón, estaba muy buena.

—Mi hermana piensa que sí —dijo entre risas. Me uní a su risa mientras le devolvía la chocolatina.

Nos tomamos el resto de la chocolatina y el agua en silencio. Me fastidiaba admitirlo, pero me sentía bien junto a Chris. La tensión que tuvimos al principio, se había esfumado con las revelaciones que habíamos hechos. O eso pensaba hasta que Chris me dijo:

—¿Me vas a contar por qué te has puesto a llorar?

CHRIS

Ver llorar a Karen hizo que se me cayese el alma a los pies. Encima había sido por mi culpa. Otra vez. Parecía que estaba destinado a hacer sufrir a la pobre chica, algo que odiaba porque Karen me gustaba mucho.

Pero parecía que las cosas volvían a su cauce, porque se la veía relajada y tranquila. Como cuando estuvimos encerrados en el ascensor. Me quedé observando su perfil mientras daba otro pequeño trago a la botella de agua. Era preciosa, no entendía como no lo había visto en el instituto. Fruncí el ceño indeciso. Quería saber qué le había pasado, qué era lo que le había hecho llorar y la había puesto tan triste, aunque su respuesta pudiese doler.

—¿Me vas a contar por qué te has puesto a llorar? —la pregunté algo nervioso. Enseguida noté cómo se puso en tensión. Maldije para mis adentros, pero aun así no cedí. Necesitaba saber a lo qué me enfrentaba. Doliese o no, prefería saber a qué atenerme. Odiaba hacerme esperanzas vanas—. ¿Era por Alan?

—En parte —murmuró.

Afirmé serio intentando disimular la sensación de abatimiento que me vino.

—¿Llevabais mucho juntos?

—Ocho meses —“¡Auch!” pensé. Eso había dolido. Ocho meses no era una relación pasajera, ocho meses era una señora relación—. Aunque sólo merecieron la pena tres.

Levanté una ceja sin entender a qué se refería

—No lo entiendo —dije.

—Sí —dijo todavía ensimismada en sus pensamientos—, se fue a la porra cuando nos fuimos a vivir juntos.

Fruncí el ceño todavía sin comprenderla. Las cuentas no cuadraban. Según lo que me estaba diciendo Karen, su relación estuvo bien hasta que se fueron a vivir juntos y había dicho que le había ido bien sólo tres meses… Abrí los ojos cuando lo entendí.

—¿¡¿Te fuiste a vivir con él a los tres meses?!?

Karen alzó la vista sorprendida por mi pregunta.

—Sí, ¿por qué? —¿Por qué? Joder, yo había tenido rollos más largos de tres meses y en ningún momento se me ocurrió llamarlos relación como para pensar en vivir juntos. Tenía que querer mucho a ese tío y tener las cosas muy claras para lanzarse a algo tan gordo— ¿Crees que fue precipitado? —continuó preguntando mientras me observaba con sus grandes ojos oscuros todavía brillantes por las lágrimas.

Todo rastro de sorpresa se esfumó de mi mente para quedar hipnotizada con su mirada. ¡Dios! Más valía que dejara de mirarme así si no quería que perdiese el control y la besase.

—Eh… Un poco —dije controlando mis impulsos. Por suerte, Karen apartó la mirada dándome un respiro

—Jessy y Mike siempre han pensado que me precipité.

—¿Y por qué te fuiste tan pronto a vivir con él?

Karen alzó un poco los hombros con indiferencia antes de contestar.

—Alan era perfecto.

Hice una mueca de disgusto ante sus palabras.

—Nadie es perfecto —refunfuñé.

—Alan sí —dijo volviendo la vista a mí—. Era perfecto para mí. —Fruncí un poco más el ceño. Aquella conversación me estaba poniendo de muy mal humor—. Eramos iguales. Nos gustaban las mismas cosas. Hasta le gustaba mi forma de vestir.

—A mí me gusta tu forma de vestir.

—A ti no te gusta mi forma de vestir —me contradijo haciendo una pequeña mueca con los labios—. Nunca te ha gustado.

Eso no era cierto. Vale que su estilo era diferente al que solían llevar las chicas en las que me fijaba —sólo había que mirarnos para que uno se diera cuenta de que nuestros estilos eran diferentes—. Pero me parecía juvenil, sexy y… ¡yo que sé! La verdad era que me importaba un pimiento su forma de vestir porque la que me gustaba era ella y su estilo era parte de ella, así que, sí, me gustaba su forma de vestir.

—Ahí es donde te confundes —le contradije sin pestañear—. No me gustaba tu forma de vestir del instituto… —La di un repaso de arriba a abajo sin poder evitar que se me formase una sonrisa de satisfacción ante lo que veía—. Ahora sí que me gusta cómo vistes. —Remarqué la afirmación con un ligero movimiento de cabeza. Las mejillas de Karen volvieron a encenderse haciendo que mi corazón se acelerara.

Karen fue consciente de su rubor y apartó la vista incómoda. Sentí un hormigueo de satisfacción cuando vi su reacción. Era mi oportunidad, mi momento. Sin poderlo evitar en mi cabeza empezó a sonar Don’t stop me now de Queen para darme ánimos.
—Quizás… —comencé con fuerzas renovadas—, no necesites alguien que sea igual a ti, sino alguien diferente. Ya sabes lo que dicen: los polos opuesto se atraen.
Intenté mantener a raya la agitación que sentí por dentro cuando Karen volvió a prestarme atención. ¡Venga, Karen! No fastidies, esa mirada de nuevo no. Estuvimos unos segundos eternos así hasta que no aguanté más.
—Di algo —supliqué en un susurro.
Karen parpadeó y pareció volver en sí.
—¿Como tú y tu novia? —preguntó.
¡Mierda! Me había olvidado de ese pequeño malentendido. Me rasqué la nuca buscando las palabras adecuadas sin que pareciera un gilipollas que la había engañado.
—Bueno… sobre eso… tengo que contarte una cosa…

KAREN

—Di algo —susurró Chris con una sonrisa tensa.

Parpadeé un par de veces saliendo de mi aturdimiento momentáneo. No sabía si había sido mi impresión o Chris hacía unos momento me había intentado insinuar algo. “Los polos opuestos se atraen” había dicho. ¿Como él y yo? Desde luego, Chris y yo éramos como el día y la noche. Y nunca mejor dicho. Él con su camiseta naranja, sus vaqueros azules desgastado y sus New Balances azules y blancas, y yo… pues como siempre, de negro. Sí, desde luego Chris y yo éramos polos opuestos, él pegaba más con su novia. Una chica rubia de mirada gatuna que brillaba tanto por su bisutería como por su estupidez. Vale… estaba celosa, no lo podía negar.

—¿Como tú y tu novia? —Escuché que salía de mi boca con desdén.
Noté cómo Chris se incómodo en el momento, hasta juraría que se le sonrojaron las mejillas. Apreté los labios al ver su reacción.

—Bueno… sobre eso… —comenzó Chris acariciándose la nuca en un gesto que ya había reconocido que hacía cuando reflexionaba sobre algo—, tengo que contarte una cosa…

Chris fue interrumpido por la voz del piloto que empezó a sonar por megafonía avisando que en unos minutos comenzaríamos con el descenso. Me dio la sensación que Chris maldecía, pero no le presté mucha atención porque justo en ese momento alguien paró frente a mí. Se me revolvió el estómago al reconocer el vestido turquesa.

—Chris —le llamó su novia con cara de disgusto. No se la veía muy feliz, y en parte no me extrañaba, al final su novio se había hecho el viaje junto a otra chica—. Deberías de volver a tu sitio —dijo ésta más como una orden que como una petición.

—Eh… Lisa. —La cara de Chris volvía a estar de un color blanco enfermizo. Negué con la cabeza irritada. Aquello era estúpido e insano. Chris no podía seguir con aquella mentira. Pero ni Chris pudo continuar con su mentira ni yo pude intervenir para poner fin a aquella estupidez porque fuimos interrumpidos por Mike.

—Hey Karen. ¿Te importa si te cojo el MP3?

Levanté las cejas al escuchar la pregunta de Mike, ¿desde cuando Mike me pedía algo y no lo cogía sin más? En cuanto mis ojos se cruzaron con los suyos lo entendí. No venía a pedir nada… ¡¡Tan sólo quería cotillear!! Ignoró mi gesto de enfado para prestar atención a Chris, al que le dedicó una de sus sonrisas pícaras.

—No nos hemos presentado antes. Soy Mike —dijo ofreciéndole la mano. Le pensaba matar cuando bajásemos del avión.

—Chris —respondió éste serio mientras aceptaba su mano.

Luego Mike se presentó a Lisa, que miró su mano unos segundos antes de ignorarla para dirigirse a Chris.

—Chris, tenemos que hablar.

—Todo un encanto —murmuró Mike. Reprimí una sonrisa de complicidad cuando Lisa lanzó una de sus mirada despectivas a mi amigo.

—Lisa… —comenzó de nuevo Chris algo incómodo.

—Por favor, señores, vuelvan a sus sitios, el avión va a comenzar con el descenso.

Cuatro pares de ojos se posaron en la azafata que nos había atendido durante todo el vuelo.

—Me volveré a mi sitio cuando ellos vuelvan a sus sitios —dijo Lisa señalándonos a Chris y a mí.

El rostro de la azafata se giró hacia nosotros mientras se le dibujaba una sonrisa tan tensa que me dio la impresión que le tenía que doler la cara. Definitivamente, nos odiaba.

—Yo… creo que deberíamos volver a nuestros sitios —dije intimidada por las miradas tanto de la azafata como por la de Lisa.

Ya había tenido bastantes emociones durante el vuelo, podía pasar de añadir a ellas una pelea con la novia de un ex compañero de clase. Antes de que pudiera hacer ningún gesto sentí cómo el brazo de Chris me rodeaba los hombros.

—¿Y qué pasa con lo que me has contado? —Giré mi cabeza hacia Chris que ahora estaba a apenas un par de palmos de mi rostro y le miré como si le hubiese salido un tercer ojo.

—¿Qué… qué te he contado?

—Ya sabes… —Hizo un gesto con la mano para que me animase a hablar mientras alzaba las cejas como si tratase de decirme algo. No tenía ni idea de a qué se estaba refiriendo. Negué con la cabeza sin comprender—. Tu miedo —dijo él para animarme.

Mi rostro se puso igual de pálido que el suyo. ¿A qué miedo se estaba refiriendo? Miré aturdida a mi amigo pidiéndole socorro, pero parecía tan interesado como el resto por saber a que miedo se refería Chris, así que tan sólo me sonrío animándome a que desvelase “mi miedo”.

—No sé de qué hablas —dije más tensa. Chris me sonrió con ternura.

—Tranquila, Karen, no tienes por qué avergonzarte. Es algo muy normal. Todo el mundo le tiene miedo a algo —me dijo dándome un par de golpecitos de ánimo en el hombro antes de retirar su brazo y decirle al resto—: A Karen le da pánico volar y me ha pedido que me quede con ella hasta que aterricemos. Dice que se siente más tranquila si me quedo junto a ella —dijo Chris mientras alzaba los hombros dando a entender que no tenía más remedio que cumplir mi petición.

La boca se me abrió atónita a lo que estaba escuchando.

—Yo… no… no… tengo…—comencé a tartamudear demasiado perpleja para conseguir decir una frase coherente.

—Karen —me llamó Mike con un gesto serio que no me creí—, por mí no hay ningún problema que te quedes aquí si tú te sientes más tranquila. No quiero que te entre un ataque de ansiedad como te pasó la última vez que volamos. —Observé a mi amigo sin dar crédito a lo que oía.

—Yo creo que es mejor que continuemos sentados aquí —concluyó Chris dirigiéndose a la azafata.

Ésta nos miró unos segundos con desconfianza hasta que al final dijo:

—Supongo que no hay problema en que permanezcan en estos asientos si al resto de los pasajeros no les importa.

—Por mí no hay ningún problema —dijo Mike mientras me regalaba una de sus mejores sonrisa. ¿He dicho que pensaba matarle? No, pensaba hacerle picadillo. Vaya amigo de pacotilla.

Todos los ojos se posaron en Lisa que me observaba como si fuera el peor insecto del planeta.

—Está bien —dijo al final.

Oí cómo a Chris se le escapaba un suspiro de alivio. Apreté los dientes con rabia mientras observaba de qué manera el resto volvía a su sitio. Chris se había pasado, aquello había llegado demasiado lejos.

CHRIS

Suspiré aliviado cuando escuché las palabras de Lisa. Había conseguido salir de esa por los pelos, aunque era consciente de la tensión de Karen. Me daba la sensación que no le había hecho mucha gracia mi mentira. Pues no entendía el porqué, al fin y al cabo, era ella la que decía que no debíamos de avergonzarnos por confesar nuestros miedo, ¿no? Menos le tendría que molestar confesar un miedo falso.

Cuando se marcharon todos me recosté en mi sitio más tranquilo. Ahora venía lo peor de los vuelos: el aterrizaje. Según las estadísticas los momentos más peligrosos de un vuelo eran al despegar y al aterrizar, siendo este último en el que se producían más accidentes. ¡Maldita sea! ¿Por qué narices había tenido que investigar en internet antes de coger el avión? Me agarré con fuerza al reposabrazos e inspiré con profundidad para tranquilizarme. Si conseguía llevarlo tan bien como el resto del viaje podría confirmar que había salido bien parado de ésta. Y parecía que si estaba junto a Karen aquello no sería tan difícil. Mi cuerpo se relajó. Al parecer mi ángel negro era mi talismán para enfrentarme a las alturas. Sonreí satisfecho cuando mi corazón volvió a su ritmo.

—¡Eres un cabrón mentiroso!

Mi paz interior a la mierda. Miré a Karen que parecía… furiosa.

—¿Qué? —dije.

—Has mentido a todo el mundo para ocultar tu miedo.

—Sólo he dicho una pequeña mentirijilla —me defendí—. Además, ¿qué más te da? ¿No eras tú la que decía que no nos debíamos avergonzar de nuestros miedos?

—Yo no tengo miedo a volar —dijo indignada—. Tú eres el que tiene miedo a volar.

—No me gusta —la corregí—. Y lo llevo mucho mejor cuando estoy contigo.

—Ya —dijo enfadada—, porque te diviertes martirizándome y eso te distrae.

—No es por eso —me quejé. ¿De verdad Karen pensaba que era por eso?

La miré fijamente a los ojos. Estaba harto de aquella situación. Llevaba todo el viaje haciendo alusiones al tema pero sin el valor de decirlo y me negaba a bajarme del avión sin haber aclarado las cosas con Karen. Se me taponaron los oídos haciendo que por unos segundos recordara dónde estaba, pero lo ignoré para centrarme en ella.

—Estoy hasta las narices de esto —dije algo irritado—, y creo que si no lo digo voy a explotar. Me gustas, Karen. —Sentí un ligero ardor en las mejillas que obvié para continuar con mi confesión—. ¿Sabes por qué cuando estoy contigo no me importa volar? Porque eres como un puñetero virus que se mete en mi cabeza y hace que me olvide de todo lo demás. Y da igual si estoy en un avión o en un ascensor o en un jodido precipicio colgado de una cuerda porque si estás tú mi mente sólo se centra en ti. Consigues que me evada de todo, consigues… —Me quedé en silencio buscando la palabra correcta que definiese el sentimiento que me producía.

—¿Distraerte? —propuso ella.

—No —dije con una sonrisa—. No me distraes, es mucho más que eso. Me absorbes el coco, Karen —dije expulsando el aire que había contenido de forma inconsciente. Karen me observaba con sus ojos brillantes y sus mejillas sonrosados. Tenía ganas de besarla, pero en lugar de eso dije—: Me vuelves loco.
Me volví a recostar en mi asiento cortando el contacto visual con Karen y sentí cómo los nervios me volvían a invadir.

—Bueno, ya lo he dicho. Ya puede aterrizar este maldito avión o estrellarse, lo que prefiera. Por lo menos sé que no moriré con la sensación de haber sido un gilipollas que no te dijo lo que sentía…

Y ahora estaba soltando estupideces. Desde luego este día pasaría a la posteridad como uno esos días que era mejor no haberse levantado de la cama.

Seguía diciendo tonterías cuando sentí cómo la mano de Karen se posaba sobre la mía hasta enredar sus dedos con los míos. Miré nuestras manos unidas unos segundos hasta que tuve el valor de subir la vista. Me observaba de una forma seria.

—Deberías de cortar con tu novia —dijo. La sonreí mientras negaba con la cabeza frustrado.

—Lisa no es mi novia.

Karen apartó la mano que hacía unos segundo estaba unida a la mía. Fruncí el ceño molesto.

—No será tu hermana, ¿verdad? —dijo con tono preocupado—. Porque una hermana no debería de mirar nunca a su hermano de la manera que te mira ella. —Paró unos segundos antes de continuar—. Bueno, no sé como es tu familia, pero…

Sin poder controlarme comencé a reírme haciendo que Karen dejara de hablar.

—Lisa no es mi hermana —dije todavía entre risas—. Es mi jefa —concluí limpiándome las lágrimas que se me habían escapado por la risa—. Y su actitud me saca de quicio, pero por fin tengo un buen puesto de trabajo y no quiero perderlo.

—Mmmm —dijo todavía seria sin dejar de analizarme—. Eso es acoso laboral.

Volví a sonreír. Estaba preciosa y me moría de ganas de besarla.

—¿Puedo besarte de una vez o vamos a seguir hablando de mi situación laboral?

La sonrisa se me amplió cuando vi cómo su rostro se enrojecía mientras afirmaba con un movimiento tímido de cabeza. Esa fue mi señal y sin dudarlo me acerqué hasta que nuestros labios casi se rozaron. Sentía su aliento agitado sobre mis labios y el olor a fresa de su champú.

—Morticia, no sabes cuánto me has hecho sufrir —murmuré.

—Eres un gilipollas —contestó ella haciéndome reír.

—Mientras sea tu gilipollas, me da igual.

Y sin darla tiempo a rebatirlo posé mis labios sobre los suyos.

KAREN

No sabía cómo había sucedido, juraría que hacía apenas unos minutos estábamos discutiendo sobre el miedo a volar de Chris, pero ahora Chris estaba sobre mí haciendo que me olvidase de todo. ¡Y Dios! ¡Cómo besaba! Se podía ir a la porra Alan y su lado oscuro porque me quedaba con el brillo de Chris si me iba hacer sentir esto. ¿Se me había escapado un gemido? Chris profundizó el beso haciendo que perdiera la cabeza; agarré su camiseta y le acerqué a mí con fuerza. Estaba segura de que estábamos dando una escena prohibida para menores, pero era incapaz de controlarme.

Un carraspeo me devolvió a la tierra. Aparté con delicadeza a Chris que finalizó el beso con suavidad antes de girar la cabeza para observar a la persona que nos había interrumpido.

—Señores, ya hemos aterrizado. Por favor, cojan sus cosas y salgan del avión —dijo la azafata en un tono monocorde.

Me removí en mi sitio avergonzada, pero Chris no hizo ninguna muestra de moverse. Sonrió a la azafata y le contestó:

—Claro, ahora nos ponemos en marcha.

La azafata entrecerró los ojos y se marchó con cara de mosqueó. Chris volvía a estar atento a mí.

—Quiero tu número de teléfono —dijo—. Y tu mail, y tu Facebook, y tu nueva dirección, y cualquier forma que exista para poder contactar contigo. Si es necesario, hasta el número de Mike.

Me mordí el labio controlando la sonrisa de malicia que quería salir.

—No te preocupes, tengo tu número. Yo te llamo.

—¡Ah! ¡No! Esta vez me encargo yo.

—Toma. —Una mano con un papel se puso delante nuestro. Subí la cabeza y me encontré con los ojos de Mike que se reían de mí sin ningún disimulo—. Aquí tienes su número de teléfono, su Facebook y la dirección del hotel donde nos vamos a hospedar. También he dejado mi número de teléfono como has pedido —finalizó guiñando el ojo a Chris. ¡¡Nos había estado escuchando!!—. Y por favor, no dudes en usarlo si se pone en plan esquivo, no creo que aguante otros seis meses escuchando lo simpático, divertido y guapo que eres.

—¡¡Mike!! —grité horrorizada. ¿Cómo podía haber dicho algo así delante de Chris?

—¿De verdad? —preguntó Chris con curiosidad a la par que se incorporaba para guardar el trozo de papel en el bolsillo—. ¿Y que más dijo?

—No dije nada.

Mike me sonrió divertido.

—Si tienes tiempo para un café te lo cuento todo cuando salgamos del avión.

—No te va a contar nada porque no hay nada que contar —dije levantándome de mi sitio. Maldito traidor.

—Esto me interesa —dijo Chris saliendo de su sitio para ponerse junto a Mike.

Se dirigieron a la salida mientras hablaban en bajito sin que yo pudiese escucharlos. Me apresuré para coger mi mochila y seguirles antes de que Mike se convirtiera en mi peor enemigo.

Al final de la pasarela nos esperaba Lisa con los brazos cruzados. Parecía estar de muy mal humor. Chris paró junto a ella y, por fin, me prestó atención. No me había enterado de nada de lo que habían hablado durante el camino porque estuvieron cuchicheando entre ellos. Me sonrió de forma traviesa sin dejar de analizarme. Mi estómago dio un respingo.

—No me puedo quedar a tomar el café. Tenemos trabajo —dijo al final. Reprimí un suspiro de alivio, ya no me podía fiar de Mike—. Pero te llamaré.

Afirmé con la cabeza incapaz de decir nada delante de tres pares de ojos atentos a mi reacción. Cuando creía que ya había pasado lo peor, Chris se acerco a mí y sin previo aviso me volvió a besar. Fue un beso más suave y tierno. Un simple recordatorio de lo que había pasado y para dejar claras sus intenciones.

—Hablamos —murmuró antes de darse la vuelta—. Encantado de conocerte, Mike. —Dio la mano a Mike y se fue con Lisa. Ésta se despidió con un gesto de cabeza, no sin antes lanzarme una mirada en la que, para mi sorpresa, pude ver respeto. Respondí a su despedida de igual forma.

Cuando se marcharon Mike silbó a mi lado mientras me rodeaba con su brazo el hombro.

—Estoy de acuerdo contigo, es simpático, divertido y guapo —dijo sin despegar la vista de Chris.

—Estás muerto, Mike.

Se rio y nos pusimos camino a la salida.

KAREN

Dos semanas después

—Mamá, ¿has visto la blusa negra de Dead Threads? —pregunté entrando apresurada en la cocina.

—Cariño, tendrás que especificar un poco más. Casi toda tu ropa es negra.

—La que es bastante larga y muy fina. Me la puse para el bautizo de Tomas —dije buscando entre la ropa para planchar.

—Creo que está colgada en el tendedero.

Hice una mueca de disgusto al escuchar a mi madre. Llevaba todo el día pensando qué ponerme y al final me había decidido por unos pantalones negros de pvc, la blusa y unos botines no muy altos que tenían un par de hebillas —mis adoradas Dr Martens las dejaría para otra ocasión—. La blusa le daba el toque arreglado y los botines el toque informal. Ni muy arreglado ni muy informal. Era perfecto. Pero ahora tenía que volver a pensar en toda mi vestimenta.

Era la primera cita que iba a tener con Chris. Después de nuestro encuentro en el avión no nos habíamos vuelto a ver, aunque nos escribíamos todos los días.

La primera semana no nos vimos porque yo la había pasado de vacaciones —él sólo estuvo tres días en los que se pasó todo el tiempo de reunión en reunión. Luego regresó… en tren—. Y esta semana porque me había reincorporado al trabajo y, después de un mes en el que había sido un zombi que no daba ni una, me tocó ponerme las pilas. Había conseguido mantener mi trabajo a duras penas y no quería estropearlo ahora. Así que preferí no distraerme quedando entre semana con Chris. Además de que decidimos por mutuo acuerdo tomarnos las cosas con calma. Yo porque tenía muy reciente lo de Alan, y Chris porque… No sabía por qué, probablemente porque yo acababa de salir de una relación y no quería agobiarme. Pero toda esa calma y el no habernos visto durante dos semanas hacía que en estos momentos estuviese con los nervios a flor de piel.

—Es probable que ya esté seca —dijo mi madre de repente—. Colgué la ropa hace unos días.
Se me iluminó la cara al escucharla.

—Gracias, mamá. Eres la mejor —dije dándola un beso rápido en la mejilla para salir corriendo hacia el tendedero.

—¿Se puede saber quién es tu amigo? —Escuché que me preguntaba antes de desaparecer de la habitación. “Todavía no” pensé haciendo como si no la hubiese escuchado.

Me eché un último vistazo en el espejo. Los pantalones pitillo de pvc estilizaban mis piernas y el poco tacón de los botines ayudaba. La blusa caía suave cubriéndome el trasero. Iba toda de negro pero me había controlado; no había cremalleras, ni calaveras, ni tachuelas, ni nada muy exagerado que le pudiese asustar. “Quizás debería de ponerme algo de color” pensé en un momento de inseguridad. Negué con la cabeza. No, me gustaba cómo iba. Inspiré profundamente para calmarme justo en el momento que mi móvil vibró. Solté el aire, me atusé una última vez el pelo que caía libre sobre mis hombros y cogí el bolso para bajar. Todo iba a salir bien.

Cuando salí del edificio me encontré a Chris apoyado en la pared del portal. Estaba con las manos en los bolsillos de sus vaqueros y la mirada perdida en la calle de enfrente. Le observé detenidamente: su pelo rubio, su camiseta blanca con el logo de alguna marca, sus vaqueros azules que se ceñían a las piernas y sus zapatillas de deporte negras. Nada en él hubiese llamado mi atención. Era mi anti chico. Volvió el sentimiento de duda que me había asaltado varias veces durante esas semanas. ¿Cómo iba a salir lo nuestro bien si ni siquiera compartíamos gustos? La puerta se cerró detrás de mí haciendo que Chris se girara por el ruido. Sus ojos azules se posaron en los míos. Entonces, como me había pasado las otras veces, todas mis dudas desaparecieron. Sí, Chris no era el chico oscuro con el que había fantaseado en la adolescencia, pero tenía algo que me hacía vibrar por dentro. Con él contectaba, ya fuera por mensaje, llamadas, miradas, besos…, sólo tenía que tener algún contacto con él para recordarlo. Y podía ser que no llevase una cazadora de cuero negra pero… estaba para comérselo, confirmé al verlo incorporarse con elegancia y acercarse en silencio sin borrar su sonrisa ladeada.

—Creo que no hacía algo así desde el instituto —dijo cuando estuvo a mi altura.

—¿El qué? ¿Venir a buscar a una chica a casa de sus padres?

Chris se rio y posó sus manos en mis caderas. Mi corazón se disparó.

—No. Tener una cita —dijo acercándose a mi rostro—. Estás muy guapa, ángel.

Un cosquilleó me recorrió la espalda al escuchar esa palabra. Chris había comenzado a llamarme ángel desde el vuelo. Al principio me incomodó el apelativo, no sé… me daba la impresión que no iba del todo conmigo. Incluso Morticia pegaba más con mi estilo que ángel. Pero con el tiempo me había acostumbrado. Ahora que se lo escuchaba de sus propios labios sonaba diferente, más íntimo.

—Gracias. Tú también —dije con sinceridad. Me sonrió en respuesta.

—¿Dónde te apetece ir a cenar?

Me llevé una mano al pecho ofendida.

—No me puedo creer que no hayas buscado un restaurante para nuestra primera cita —dije de forma dramática mientras me mordía el interior de la mejilla para no reír. A Chris se le escapó una carcajada.

—No… estaba demasiado ocupado buscando un piso en el que asentarnos para formar una familia —dijo con malicia.

Sabía por qué lo decía. Durante esas dos semanas había descubierto que a Chris le había sorprendido mucho que en tan sólo tres meses me hubiese ido a vivir con Alan. Así que se pasaba una buena parte del tiempo bromeando con ello.

—Eres un gilipollas —dije golpeándole con suavidad el pecho sin poder ocultar la sonrisa.

—Tu gilipollas —matizó robándome un beso.

No hizo falta mucho, en cuestión de segundos mis brazos estaban rodeando con fuerza su cuello. Empezaba a sospechar que íbamos a tener problemas para guardar las distancias.

Cuando por fin nos separamos y conseguí apaciguar mi respiración le cogí de la mano para dirigirle hacia la calle. Él se dejó llevar.

—Creo que ya sé dónde podemos ir. Conozco un restaurante donde hacen la mejor carne a la parrilla de la ciudad. —Chris me miró con curiosidad. Sin poderlo evitar se me dibujó una sonrisa perversa en el rostro—. Seguro que te suena, ahora está muy de moda y no paran de hablar de él.

Al escucharme Chris se paró de golpe y se puso serio.

—No será el restaurante nuevo que han abierto en la azotea de una de las torres del centro, ¿verdad? —Se amplió mi sonrisa mientras afirmaba con la cabeza. Chris se pasó una mano por el pelo apurado—. Eh… ¿Qué te parece si vamos algún sitio más cerca? Hay un Mc Donalds a sólo dos manzanas, así nos ahorramos el dinero del taxi.

—¿Un Mc Donalds en lugar del mejor restaurante de la ciudad? —pregunté levantando una ceja—. ¿Así es cómo tratas a la futura madre de tus hijos?

Apreté los labios para contener la risa cuando Chris entrecerró los ojos al entenderlo.

—Vas a ir al infierno —dijo mientras me sonreía. Luego sacudió la cabeza y concluyó—: Si te apetece vamos.

Miré a sus ojos azules y sentí un calor en el pecho al comprender que lo haría por mí. Se me dibujó una sonrisa tierna en el rostro y dije:

—No. Es un sitio muy pijo. Además, creo que no voy a un Mc Donalds desde el instituto.

Nos reímos reanudando nuestro paseo.

—Deberías de hacer algo con tu miedo a las alturas —dije.

—No tengo miedo a las alturas, simplemente no me gustan.

—Te dan miedo las alturas. Admítelo de una vez.

—Si tu admites que estuviste suspirando por mí seis meses.

—¡No estuve seis meses suspirando por ti! Y ese no es el tema.

—Ahora sí.

—Chris, eres un capullo.

—Tu capullo.

FIN