Historias del Autobús: Lacasitos

Lacasitos

Dani: serio, organizado, formal y algo… ¿pijo?

Clara: despistada, caótica, soñadora y algo… ¿infantil?

Lacasitos (Wikipedia): Lenteja de chocolate con leche recubierta por 150 capas de azúcar. Diariamente se fabrican tantos Lacasitos que podrían dar la vuelta al mundo.

DÍA 1

DANI

Voy a matar a mi hermano. En cuanto le vea, voy a arrancarle esa preciosa cabeza de chorlito que tiene. No sé cómo consiguió convencerme para dejarle el coche. Nunca le dejo nada por este motivo, todo lo que toca lo rompe. Pero quería fardar delante de la que, según él, será su futura mujer. A lo mejor fue esa cara de tonto enamorado o lo pesado que se puede poner cuando quiere algo. Da igual, porque el caso es que se lo dejé y ahora estoy a las ocho de la mañana muriéndome de frío delante de la parada del autobús. El muy cobarde ni siquiera fue capaz de llamarme para decírmelo, fue mi padre el que me llamó ayer por la noche para avisarme de que el coche no arrancaba.

Maldigo mientras introduzco mis manos en los bolsillos del abrigo para que entren en calor. “Encima hace un frío de mil demonios” pienso al ver cómo se forma una nube de vaho con mi respiración. Dejo de insultar a mi hermano cuando veo que se acerca el autobús para ponerme en la fila improvisada que se ha formado.

Cuando entro en el autobús tardo un rato en adaptarme al olor rancio que inunda todo el vehículo. Intentando no pensar mucho en ello voy hasta el fondo del autobús. “Por lo menos aquí dentro hace calor” pienso a la par que me quito el abrigo para sentarme al lado de una joven envuelta en un abrigo enorme.

—Genial —mascullo en voz baja cuando me doy cuenta de que los asientos son tan estrechos que apenas me entran las piernas. La joven me mira de refilón, pero enseguida se vuelve a ensimismar mientras se calienta las manos con el aliento de su boca.

Me estoy clavando el asiento delantero en las rodillas y todavía me queda media hora en esta posición. Después de soportar un par de frenazos que me hacen ver las estrellas decido abrir más las piernas invadiendo el espacio de mi compañera. Nuestras piernas quedan pegadas. Definitivamente voy a matar a Sergio cuando le vea.

CLARA

“Tengo que comprarme un coche” pienso cuando me vuelve a dar un ataque de tiritona haciendo que me encoja más en mi asiento. Ha dado igual que me pusiera cinco capas de ropa, después de quince minutos esperando a la intemperie, el frío ha penetrado hasta quedarse instalado dentro de mi cuerpo. Intentó calentarme las manos con el vaho de mi respiración cuando el chico que se ha sentado al lado mío murmura algo. Parece enfadado. No le presto mucha atención, aunque sí agradezco el calor que transmite su cuerpo junto al mío. Mi cabeza sigue vagando sobre el coche que me tengo que comprar. Bueno, lo primero es cambiar de trabajo. No puedo seguir de prácticas ganando trescientos euros al mes si quiero comprarme un coche. O si quiero dejar de compartir piso con mi hermano… Espero que no se haya enfadado por cogerle el abrigo. Cuando he visto el tiempo no lo he dudado, pero ahora no sé si he hecho bien. Le sienta bastante mal que le coja sus cosas sin permiso. Aunque es posible que si me encargo de la cena de esta noche no se enfade. ¿Quedan patatas en casa o las terminamos ayer?

Mi cabeza sigue divagando mientras, poco a poco, se me va pasando el frío. El chico de al lado es bastante ancho y me tiene totalmente apretujada contra la ventana. Lo bueno es que ya no tengo frío. Lo malo es que desprende mucho calor. Sí, desprende demasiado calor.

Observo a mi alrededor y me doy cuenta de que el autobús se ha llenado. Lo que antes me parecía el calor reconfortante de la gente ahora me está agobiando. Bajo mis cinco capas de ropa empiezo a sentir un calor insoportable y, lo que es peor, estoy comenzando a sudar. Apenas me puedo mover, pero aun así me remuevo para desabrocharme el abrigo sin llegar a quitármelo. Cuando consigo abrirlo se me escapa un suspiro de alivio. Sin embargo no es suficiente, siento cómo la camiseta térmica empieza a humedecerse. Tengo que conseguir quitarme un par de prendas más si no quiero llegar sudada al trabajo. Bastante malo es ser la becaria con veintiocho años para ser la becaria con veintiocho años que huele a sudor. Me vuelvo a remover en mi sitio intentando librarme del espeso abrigo. Esta mañana cuando me puse las cinco capas de ropa me pareció una idea maravillosa ahora, que me impiden moverme y me están cociendo como si fuera una langosta en una olla, no me lo parece tanto.

En un par de ocasiones golpeo con el codo a mi compañero. “Esto no va nada bien” pienso agobiada. El esfuerzo que estoy haciendo para quitarme el abrigo me está haciendo sudar más aún, aunque es posible que también tenga algo que ver hacerlo bajo la atenta mirada del chico. No sé qué me lo está haciendo pasar peor, si el abrigo que se ha enganchado con el asiento impidiéndome sacar el brazo o la cara de mi compañero que me mira como si fuera un extraterrestre. En un ataque de frustración tiro más fuerte de mi brazo haciendo que salga propulsado y golpeé con fuerza contra algo duro. En el momento oigo una maldición. Cuando levanto la cabeza me doy cuenta que el muchacho se sujeta la nariz y me lanza una mirada asesina.

—Lo… lo siento —murmuro avergonzada al darme cuenta que mi mano ha chocado con su nariz—. Lo siento mucho. ¿Estás bien?

—Sí —dice mientras comprueba con un pañuelo que no le sangra la nariz. Me siento fatal. Estoy a punto de decirle algo más cuando su teléfono empieza a sonar. El resto del viaje lo pasa hablando por teléfono. Por miedo a volverle a golpear no me quito ninguna prenda más aunque sigo sudando.

DÍA 2

DANI

Ayer salí tan tarde del trabajo que no pude encargarme del maldito coche. Así que de nuevo me encuentro frente a la parada del autobús. El viaje de ayer fue horrible. El golpe que me dio la chica por poco hace que se me salten las lágrimas de dolor. Por suerte no me rompió la nariz, aunque estuvo apunto. Todavía me duele un poco cuando me la toco.

Cuando me subo al autobús compruebo que está más lleno que el día anterior. Quizá porque hoy hace más frío que ayer. Me encamino al fondo cuando me doy cuenta que todos los asientos están ocupados menos uno. En cuanto veo el abrigo feo sé quién se sienta en él. Pero no es hasta que levanta la cabeza cuando entiendo por qué nadie ha ocupado el asiento contiguo. La muchacha es un conjunto de lágrimas y mocos. La verdad es que tiene un aspecto lamentable con la nariz y los ojos rojos. Estoy dudando si sentarme o no junto a ella cuando nuestras miradas se cruzan. Se le dibuja una pequeña sonrisa al verme. ¿Sería muy grosero pasar de ella y no sentarme a su lado? Joder, pero no me apetece nada pasar el resto del trayecto de pie. La medio sonrió y me siento a su lado. Nada más sentarme tiene un ataque de estornudos seguido de un ataque de tos. “Tendría que haberme quedado de pie” pienso cuando la oigo sonarse a mi lado.

CLARA

Hoy me he levantado con un trancazo enorme. No es extraño, ayer me bajé del autobús con la camiseta interior totalmente mojada de sudor. El frío caló dentro de mi cuerpo y se quedó el resto del día. Aun así no puedo faltar al trabajo. Si falto no cobro y si no cobro no puedo pagar mi parte del alquiler. Lo último que quiero es endeudarme con mi hermano por un constipado.

Me duele la cabeza, me pican los ojos y mi nariz parece un grifo. Por suerte al ver en el estado en el que me he levantado esta mañana mi hermano me ha dejado su abrigo. Me ha dicho que puedo usarlo toda la semana si me encargo yo de las cenas. No me importa, me gusta cocinar y después de ver tiempo que va hacer estos días se lo agradezco.

Cuando alzó la cabeza me encuentro con el chico de ayer. Me mira con una expresión de horror. Me siento mal por lo de ayer. Le di un buen golpe en la nariz, así que le sonrío a modo de disculpa. Después de unos segundos de duda se sienta a mi lado. Voy a disculparme de nuevo por lo que pasó ayer cuando me vuelve a dar otro ataque de estornudos. Me sueno y busco en mi abrigo otro pañuelo. Desde que me he levantado habré gastado dos paquetes de pañuelos. Me empiezo a poner nerviosa cuando no encuentro los paquetes que guardé al salir de casa. Intento hacer memoria. Juraría que después de desayunar dejé los paquetes encima de la mesa de la cocina. Luego me fui a lavar los dientes, me puse el abrigo, cogí la cartera y el móvil y… ¡Oh mierda! Se me olvidó coger los paquetes antes de salir. Joder. ¿Por qué siempre me pasan estás cosas? La nariz me vuelve a picar amenazando con un nuevo ataque de estornudos. Necesito un pañuelo. Siento cómo la nariz va a empezar a gotear. Esto es bochornoso. Me sueno con el pañuelo que tengo en la mano. Lo llamo pañuelo por llamarlo de alguna manera, más bien es una pelota humedad. Es asqueroso. Necesito un pañuelo. Miro a mi compañero.

El chico es guapo, algo pijo con ese traje caro y ese pelo bien peinado con gomina, pero tengo que reconocer que tiene unos ojos verdes muy bonitos. Ayer le di un codazo en la nariz y hoy voy a pedirle un pañuelo. Me muero de vergüenza, aun así prefiero eso a empezar a moquear delante de él.

—Perdona —digo algo tímida. Cuando sus ojos se posan en los míos veo que me mira con recelo—. ¿Tienes un pañuelo?

Hace una mueca un poco rara. No es que me sorprenda, no creo que la gente vaya por ahí pidiendo pañuelos. Busca en su abrigo hasta que saca un paquete de clínex.

—Toma —dice mientras me ofrece uno.

—Muchas gracias —contesto mucho más tranquila cuando tengo ese valioso tesoro entre mis manos.

Mi suerte no dura demasiado porque a los pocos minutos el pañuelo que me ha dado el chico está totalmente empapado. Así que le vuelvo a mirar. Está vez no hace falta que se lo pida porque en cuanto me ve que le estoy observando busca en su chaqueta y me da el paquete.

—Quédatelo —me dice.

—Muchas gracias. Se me han olvidado los pañuelos en casa —digo sin poder evitar que me salga una sonrisa enorme. Al verme se ríe y sacude la cabeza.

—De nada.

DÍA 3

DANI

Al subirme hoy al autobús me he sentado en la parte de delante. No quería sentarme al lado de la chica de los mocos. Necesito pensar en mis cosas; sin oír toses, estornudos o cómo se suena los mocos. No es que sea una sinfonía muy agradable. Además, esta noche apenas he pegado ojo después de que me dieran el presupuesto para arreglar el coche. Así que estoy de un humor de perros. No sé cómo voy a pagarlo. Me va bien en el trabajo y el sueldo no está mal para ser unas prácticas. Pero el coche fue un lujo que me di y se lleva un buen pico de mi sueldo todos los meses a pesar de ser de segunda mano. Entré eso y el alquiler de la habitación, apenas me da para alguna que otra salida de marcha. Desde luego para lo que no me da, es para gastar mil euros en una reparación. ¿Para qué narices le dejé el coche a mi hermano?

Mi cabeza vuelve a la realidad cuando entra una señora mayor. Sin dudarlo me levanto y le ofrezco mi asiento. Me da las gracias con una sonrisa que le devuelvo antes de girarme para dirigirme a la parte de atrás del vehículo. Cuando echo un vistazo me doy cuenta que todos los sitios están cogidos menos uno.

—Como no… —murmuro malhumorado cuando veo el rostro de la chica de los mocos. No parece tan congestionada como ayer y ya no le lloran los ojos. Con un suspiro de resignación me siento a su lado. Creo que el destino se está vengando de mí por algún motivo.

—Toma. —Oigo que dice nada más sentarme poniendo delante de mí un paquete de pañuelos-. Muchísimas gracias por lo de ayer. Me salvaste la vida -dice con una sonrisa dulce. Ya me di cuenta ayer, a pesar de su congestión, que tenía una sonrisa bonita. Hoy me doy cuenta que también tiene unos ojos dorados bonitos.

—No hacía falta.

—Sí, te lo debía —asegura sería. Me hace gracia que le dé importancia algo tan tonto como un paquete de pañuelos.

 

“¡Dios! Estos asientos son una auténtica tortura” pienso mientras me intento reclinar para apoyar la cabeza en el asiento y poder dormir el resto del camino. Para poder hacerlo, he tenido que inclinarme un poco y sacar las piernas al pasillo. Se que estoy aplastando a la chica, pero estos malditos asientos son enanos. Cuando por fin doy con una postura, relativamente, cómoda y empiezo a quedarme amodorrado comienzo a oír un ligero crujido junto a mi oído. Intento ignorarlo, necesito dormir algo antes de llegar al trabajo. Sin embargo, el crujido sigue sonando. Es como si la chica estuviese comiendo patatas fritas. Enseguida rechazo la idea, son las ocho de la mañana, nadie en su sano juicio desayuna patatas fritas. El sonido me está poniendo de los nervios. Al final abro los ojos y miro a mi acompañante. No está comiendo patatas fritas… está comiendo caramelos. Estoy tan irritado que no puedo evitar las palabras que salen de mi boca:

—¿No puedes estar un día sin hacer ruidos o dar golpes? —La muchacha me mira con los ojos muy abiertos por la sorpresa antes de balbucear una disculpa casi incomprensible. Pero no he pegado ojo, odio el puñetero autobús y esa chica siempre consigue ponerme de los nervios, así que sigo hablando sin poder contenerme—: ¿Quién narices desayuna caramelos a las ocho de la mañana? ¿No sabes que eso no es alimento?

Sé que estoy siendo un imbécil pero ahora mismo me da igual.

CLARA

Hoy cuando me había sentado en mi sitio del autobús había pensado que ese chico demasiado arreglado que tuvo el detalle de regalarme un paquete de pañuelos en un apuro era majo. El detalle me había parecido bonito. Y después cuando le vi ceder su sitio a la señora mayor pensé que, además, era un caballero. Ahora me doy cuenta que es un gilipollas. Pero estoy en tal estado de shock que no sé qué decir. Jamas me imaginé ser regañada por un chico de mi edad por comer caramelos.

—Son de chocolate —digo tratando de excusarme. Aunque todavía no sé muy bien por qué.

—¿Qué más da? Son caramelos —dice irritado mientras se pasa la mano por el pelo despeinándose un poco. No puedo evitar pensar que le queda mejor así.

—Son más parecidos a las chocolatinas que a los caramelos. —Me mira como si estuviera loca.

—Son Lacasitos. Son caramelos para niños de cinco años. No se parecen en nada a las chocolatinas.

—Claro que sí. Tienen chocolate por dentro —digo totalmente indignada. ¿Me está llamando infantil?

—Sólo a una persona como tú se le ocurriría desayunar Lacasitos —dice tajante sin dejar de mirarme.

—¿Qué es eso de una persona como yo? —digo sin salir de mi asombro.

—Una persona que se le olvidan los pañuelos cuando está constipada o no se quita el abrigo antes de sentarse. —Sin poder evitarlo miro mi abrigo que todavía está cerrado hasta arriba. Empiezo a tener calor y probablemente me lo quite dentro de un rato, pero cuando entré tenía frío. Abro la boca para contestarle, pero me he quedado en blanco. Al final le digo lo primero que se me ocurre.

—¿A ti qué te importa si como caramelos por la mañana?

—Que haces ruido y no me dejas dormir.

—¡Oh! lo siento, su majestad —digo sarcástica—, pero resulta que esto es un autobús público y no viajas sólo.

—No hace falta que me lo recuerdes, tengo pensado asesinar a mi hermano en cuanto pueda por ello —dice con aire frustrado.

—¿Qué?

—Da igual -dice ignorándome y volviendo a cerrar los ojos.

No le vuelvo a dirigir la palabra el resto del trayecto, a pesar de que no dejo de darle vueltas a lo que me ha dicho. Aun así a modo de venganza sigo comiendo Lacasitos.

DÍA 4

DANI

El autobús está a reventar. Lo más probable es que se deba a la nevada que está cayendo fuera. Nada más subirme de forma automática barro con la mirada el vehículo, no veo el abrigo verde por ninguna parte. Ayer me pasé con lo que le dije a chica. Estaba enfadado por todo y lo pagué con ella. He pensado en ella más de lo debido y estoy convencido que se me pasará en el momento en que me disculpe.

La gente que sube en la siguiente parada nos obliga a movernos hacia el fondo. Cuando veo un hueco me pongo detrás de una chica con un abrigo de lana entallado que se agarra como puede. Estoy encajonado entre la chica y un señor de traje, así que me es imposible darme la vuelta para ir mirando al frente. En un frenazo brusco la chica pierde el equilibrio y cae encima de mí. Me trago una maldición, cuando siento cómo se clava uno de sus tacones en mi pie, y la ayudo a incorporarse para que se sujete.

—Lo siento —murmura girando la cabeza para verme. En seguida reconozco esos ojos dorados.

—¿Quién sino? —digo olvidado por completo las disculpas que me había preparado. Lo he dicho para hacerla enfadar y ha surtido efecto. Sus mejillas se ponen coloradas en el acto. Me está asesinando con la mirada, pero no puedo dejar de pensar que está preciosa. A diferencia de estos días se ha alisado el pelo y se ha maquillado. Parece que el constipado se le ha pasado y no lleva esa cosa horrible por abrigo. Abre un par de veces la boca como hizo ayer sin llegar a decir nada. Creo que la perturbo y eso me hace sonreír.

—Eres un gilipollas —consigue mascullar volviendo a mirar el cogote de la señora que tiene en frente. Pero a los pocos segundos vuelve a girar la cabeza para hablarme—. Para que te enteres. He buscado qué son los Lacasitos y son chocolate. Se les considera una chocolatina, no un caramelo.

Sin decir nada más vuelve a girarse. Levanto las cejas por la sorpresa.

—¿De verdad has buscado qué son los Lacasitos? —pregunto con una pequeña risa junto a su oído.

—Sí —murmura escapándosele una mirada de refilón. Se que no lo debería hacer y me muerdo el interior de la mejilla intentado contenerme, pero al final me vuelvo a acercar a su oreja y le digo entre risas:

—Sólo una persona como tú podría buscar qué son los Lacasito para echárselo en cara a un desconocido al día siguiente.

CLARA

Definitivamente es un gilipollas. Peor que un gilipollas. ¿Cómo he podido tener tan mala suerte de caerme encima de él? Justo hoy, el día que tengo la reunión con mi jefe para pedirle el puesto que me ofreció si estaba dos años de becaria. Por eso voy tan arreglada, algo que no suelo hacer y me hace sentir incómoda.
En la siguiente parada se bajan unas cuantas personas permitiéndome separarme del capullo que tengo detrás y mirarle de frente. Hoy no me pienso callar. Ayer me quedé bloqueada cuando me dijo eso de “alguien como yo” y no me lo pude quitar en todo el día de la cabeza. Cuando lo dice suena como si fuese una irresponsable y una cría. Me pasé el resto del día pensando en las formas que debería de haberle contestado, así que no pienso perder la oportunidad.

—Tú no me conoces —digo a la defensiva—. Se me olvidaron los pañuelos porque estaba tan congestionada que no podía pensar. Además el constipado fue por tu culpa. —Veo como se alzan sus cejas por la sorpresa.

—¿Mi culpa? —dice todavía con incredulidad pero sin borrar la estúpida sonrisa. Me amonesto por pensar que es atractiva antes de continuar con mi discurso.

—Sí, si no fueras tan grande hubiese tenido espacio suficiente para quitarme el abrigo sin golpearte. —Me estoy dando cuenta que la gente de alrededor está pendiente de nuestra conversación, algo que no me gusta nada porque no soy una persona a la que le guste llamar la atención. Pero ya que he comenzado con mi discurso no puedo dejarlo, no después de repetirlo un montón de veces en mi cabeza—. No me quité más prendas para no molestarte y por eso me bajé sudando del autobús. Cogí frío porque tenía la camiseta sudada. Así que, a fin de cuentas, fue tu culpa.

Me está mirando con una cara que no sé de que manera interpretar. Creo que le he dejado impresionado con mi deducción. Sonrío con orgullo ante mi discurso. No tiene forma de echar atrás mi teoría. Todo ha sido culpa de su físico. Un físico, que no está mal, pero que ha provocado mi constipado. Como si hubiese escuchado mi pensamiento da un paso al frente recorriendo el poco espacio que nos separaba.

—¿Y por qué no te quitaste el abrigo antes de sentarte? —dice mirándome divertido. “¡Oh mierda!” pienso al darme cuenta que toda mi teoría de que era culpa suya se ha ido al garete. Pero no me da tiempo a reflexionarlo mucho tiempo porque el autobús vuelve a dar un frenazo brusco y vuelvo a caer encima de él. Esta vez mis tacones no se han clavado en ninguno de sus pies, pero al intentar frenar mi caída su mano ha terminado en uno de mis pechos. En cuanto recupero el equilibrio doy un brinco para apartarme de él.

—Lo siento —dice apurado intentado calmarme. Pero yo tengo la respiración acelerada y la cara muy roja. Lo sé porque me arde—. Lo siento de verdad ha sido sin querer.

Lo único que quiero es desaparecer. Miro al frente desesperada. Parece que voy a tener un golpe de suerte porque la siguiente parada es la mía. Me da la impresión que el chico va a decirme algo más, pero no le doy tiempo en cuanto se abren las puertas salgo del autobús sin mirar atrás.

DÍA 5

DANI

Confirmado me voy a pasar una buena temporada sin coche. Por mucho que haya hecho cuentas necesito varios meses para poder pagar el taller y la pieza rota. Lo que quiere decir que voy a estar pagando un coche roto los próximos meses. Perfecto. Pero hoy tengo otra cosa en la cabeza. Tengo que disculparme con la chica del autobús. Ayer salió corriendo después del incidente. La chica ha conseguido llamar mi atención. No sé muy bien cómo lo ha conseguido, es lo opuesto a mí. Por no olvidar que estar cerca de ella es un peligro. Desde que la conozco sólo ha metido la pata una y otra vez. Pero no consigo quitarme de la cabeza esos ojos dorados enfadados o cómo le brillaron cuando el día anterior expuso su teoría. Incluso tengo que reconocer que ese caos que la rodea me parece divertido.

Hoy al subirme al autobús no tengo ninguna duda de dónde me voy a sentar. Ignoro los sitios que hay libres para dirigirme a la parte trasera del autobús. En seguida veo su abrigo verde, una pena porque el de ayer le quedaba muy bien. Está mirando por la ventana de forma ausente como el primer día que me senté a su lado. Paro frente a ella y antes de sentarme le pregunto:

—¿Puedo? —Señalo el asiento mientras sus ojos se posan en mí. Poco después sus mejillas de sonrojan.

—Claro —dice bajando la vista al sitio que hay a su lado.

CLARA

“¡Dios, cómo me perturba este chico!” pienso mientras bajo la vista al asiento que hay junto al mío. Hoy al subirme al autobús he estado tentada en sentarme en otro sitio. Pero me he repetido una y otra vez que lo de ayer fue una tontería y que si me sentaba en otro sitio le estaría dando una importancia que no tiene. Así que me forcé a sentarme ahí. Ahora me arrepiento. Ese chico me pone nerviosa. Y no debería ponerme nerviosa porque no le conozco de nada, sólo de un conjunto de circunstancias embarazosas que se han dado. Vale… puede que hayan sido más de la cuenta. Desde luego esta semana todo me estaba saliendo mal porque mi jefe tampoco me ha dado el puesto. Sigo con la mirada en el asiento de al lado cuando me llama la atención algo que hay en él. Es un pequeño bulto rosa. Cuando comprendo de qué se trata el chico ya está apunto de sentarse en el sitio.

—¡¡NO!! —consigo gritar al mismo tiempo que pongo mi mano para evitar que se siente encima del chicle. Pero ya es demasiado tarde. Mi mano queda presa entre su trasero y el asiento. Al levantar la cabeza me encuentro con sus ojos muy abiertos sin dar crédito a lo que hago—. No… no… es… —tartamudeo sin conseguir terminar la frase. Esto es peor que lo de ayer, mucho peor. Entrecierra los ojos, pero aun así sigue sin levantarse.

—¿Es una especie de venganza por lo de ayer?

Pensaba que era imposible no podría ponerme más roja de lo que me puse ayer, pero está visto que no. Aun así soy incapaz de apartar la vista, a lo mejor porque mi mano sigue prisionera entre su culo y el asiento.

—Chicle —consigo decir por fin.

—¿Qué?

—Hay un chicle —digo más serena. Por fin se levanta. Cuando retiro la mano unos hilos rosas me unen al asiento. No puedo evitar la cara de asco que se me dibuja.

—¡Guau! Ahora tengo que decir que me has salvado tú la vida —dice divertido el muchacho. Le miro sin dar crédito a sus palabras. No sé que cara he debido poner porque le da un ataque de risa. A los pocos segundos su risa se me contagia y acabamos los dos riéndonos.

Conseguimos resolver el problema del chicle con un pañuelo. Una vez sentado me mira muy serio antes de decirme.

—Sé que corro peligro al hacer esto pero… soy Daniel —dice tendiéndome una mano—. Aunque todo el mundo me llama Dani.

Se que me he quedado mirándole con la boca abierta. Me debato entre ofenderme o reírme, hasta que veo como se le escapa una sonrisa. Así que me rió.

—Clara. —Le doy que no ha tocado el chicle.

El resto del camino lo hacemos charlando. Dani tiene un año más que yo y, curiosamente, también está de practicas. Supongo que es el mal de los jóvenes de ahora. Al igual que yo comparte piso, pero con dos compañeros de universidad. Pasamos buena parte del trayecto riéndonos, tiene buen sentido del humor.

No me apetece que terminé el trayecto, estoy disfrutando mucho de su compañía. Cuando estoy llegando a mi parada me incorporo desganada. Dani se levanta para dejarme salir.

—Con el incidente del chicle se me ha olvidado que te he traído el desayuno —dice buscando en los bolsillos de su chaqueta—, para disculparme por lo de ayer —concluye con una sonrisa burlona en el rostro mientras pone algo entre mis manos. Bajó la vista para ver de qué se trata. Aún con la vista fija en el tubo amarillo que hay entre mis manos se acerca y me susurra—. No te comas todos de golpe, no quiero que te sienten mal. —Cuando levanto la vista nuestras miradas conectan y siento un ligero hormigueo en el estómago—. ¿Nos vemos el lunes? —me pregunta. Afirmo con la cabeza incapaz de decir nada—. Entonces hasta el lunes.

—Hasta el lunes —consigo murmurar.

Me bajo del autobús todavía con el tubo de Lacasitos en la mano. Observo cómo el autobús se va antes de volver a mirar el recipiente. Sin poder evitarlo se me dibuja una sonrisa tonta. Abro el bote y me llevo un par de Lacasitos a la boca mientras me pongo de camino al trabajo. Jamas había imaginado que diría esto pero… ¡estoy deseando que llegue el lunes!

FIN